• 13 de junio de 2017
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Segunda carta de Carolina

Extracto de carta de Caro­lina, viviendo en la Fazenda do Natal, Brasil

Este mes de mayo en Brasil se cele­bra el mes de María y tam­bién cele­bra­mos el día de las madres, sobre lo cual me he puesto a refle­xio­nar, sobre la gran nece­si­dad que tene­mos de tener a nues­tra Madre cerca, cuanto la extra­ña­mos.

Algu­nos días cuido a Marcos, tiene 2 años recién cum­pli­dos y Maicon, tiene 4 años. Son 2 her­ma­ni­tos, que viven en una casita de la fazenda con su padre. Mien­tras él tra­baja algu­nas volun­ta­rias cui­da­mos de ellos, al volver de la escuela. Res­pecto a su madre no se mucho, solo la he visto un par de veces cuando ella los visita, sin embargo puedo sentir la ausen­cia en sus vidas y como de alguna forma ellos buscan esa imagen materna en algu­nas volun­ta­rias. Eh podido sentir una gran admi­ra­ción por todas aque­llas madres que dan su vida por sus hijos, que se sacri­fi­can ellas, olvi­dán­dose de ellas mismas, por pensar en sus hijos pri­mero, amán­do­los hasta el extremo. Recuerdo que mi abuela al perder a uno de sus hijos, me dijo que el dolor más grande es perder a un hijo, y pienso en el dolor que sintió María al pie de la Cruz. Tanto dolor, tantos absur­dos.

Recuerdo tam­bién un día que la madre de Daniel un ado­les­cente de 13 años que vive en la fazenda desde peque­ñito, fue encon­trado junto a su madre y su her­mano en la calle. Ella dejó a sus hijos en la fazenda y volvió a la “Rua” como se dice aquí. Un día, ella llegó a visi­tar­los en la fazenda y encon­tré a Daniel llo­rando pre­gun­tando: no sé cómo puedo ayu­darla a ella… Fue tan dolo­roso ver esto, el dolor que tiene un hijo y el amor al mismo tiempo por su madre ausente, la com­pa­sión que brota del cora­zón de Daniel por su madre que vive en la rua, y que no puede salir de ahí.

Recuerdo tantas per­so­nas que veo en las calles de San­tiago, lo pri­mero que se puede hacer son jui­cios sobre ellas, pero sin mira­mos en lo pro­fundo ellos tienen una his­to­ria, un por qué. Al cono­cer a la Madre de Daniel y verla llorar escu­charla decir que la vida es difí­cil allá fuera, que sufren muchos peli­gros, pienso que vivir en la ‘Rua” no es simple volun­ta­rismo de ir y salir de ahí. Pienso lo absurdo que es pensar en jui­cios, y lo difí­cil que muchas veces es mirar las luchas de estas per­so­nas con una forma de vida dife­rente, pero sin embargo igual de digna que la nues­tra. Pido a Dios mirar siem­pre más pro­fun­da­mente.

Como les con­taba al cuidar de Maicon y Mar­qui­tos he apren­dido muchas cosas, como la espera. Ellos no se cues­tio­nan quien los va a cuidar, que van a comer, quien les va a dar baño, sim­ple­mente espe­ran, aprendo de que el Amor es paciente, ellos espe­ran por nues­tro amor.

Algu­nos días su padre tra­ba­jaba de noche para cuidar una hacienda vecina, y algu­nas volun­ta­rias debían dormir con ellos. Me impre­sio­naba ver la con­fianza con la que ellos duer­men en brazos de la ellas, recuerdo, un día acom­pañé a una y vi como ellos reza­ban antes de dormir. Veo muy bien la con­fianza que ellos depo­si­tan en el Padre de cielo.

Un día que estaba muy can­sada, y debía cuidar de ellos, Marcos me tomo de la mano para jugar con ellos, fue increí­ble como el can­san­cio desa­pa­re­ció. Es impre­sio­nante cuando damos lo poco que tene­mos y como Dios lo trans­forma en nuevas fuer­zas. De ellos he apren­dido a reco­brar nuevas fuer­zas, veo a Mar­qui­tos cada vez que cae no llora, sim­ple­mente ríe o cuando su her­mano se enoja con él, sim­ple­mente res­ponde con una son­risa. He apren­dido a no quedar en la tris­teza y a per­do­nar siem­pre, así como Maicon pide dis­culpa a su her­ma­nito y como él cuida de su her­mano pequeño. Me hace pensar y agra­de­cer todos los gestos de amor que mi her­mana menor ha hecho y sigue haciendo por mí, me emo­ciona pensar en ella.

Tanto por apren­der en nues­tras fami­lias. Veo la nece­si­dad de hacerme pequeña y poder ver con ojos de niños otra vez, todo lo que nos acon­tece, y tener la gracia de no preo­cu­parse en exceso por las adver­si­da­des que siem­pre tene­mos, sino con­fiar nues­tras vidas como estos niños en manos de nues­tro Padre y Madre del Cielo. Cuando veo a los niños más peque­ños, no sé real­mente si son peque­ños, o son mis más gran­des maes­tros, he hecho la expe­rien­cia de dejarme llevar de la mano y des­cu­brir lo esen­cial con ellos.


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