• 1ro de junio de 2011
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Una pausa en Lima…

Con los vendedores de flores del cementerio de Lima

(…) A menudo en nues­tra mente se iden­ti­fica el tér­mino com­pa­sión con una cierta acti­tud pasiva de lás­tima o pena, situán­dose siem­pre en una esfera lige­ra­mente superior al otro. De este modo, la pala­bra com­pa­sión está cier­ta­mente deva­luada en nues­tro len­guaje, y lo último que espera una per­sona es des­per­tar ese sen­ti­miento en otra. Este con­cepto cambia cuando se conoce alguno de los “Pun­tos cora­zón” que están exten­di­dos por el mundo, y donde se ofrece una pre­sen­cia de amis­tad y con­so­la­ción que per­mite a las per­so­nas que más sufren volver a des­cu­brir su dig­ni­dad y avan­zar con espe­ranza en su vida, además de difun­dir una cul­tura de com­pa­sión que pone al hombre en el centro de toda preo­cu­pa­ción.

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Charlotte y Yamiré en Barrios Altos, Lima

(…) Y es que com­pa­sión no es más que la pasión con, es decir, apa­sio­narse con la vida, con el hombre, con ese niño que, con un cora­zón como el que tú tenías hace no tantos años, te pide jugar con­tigo, o un abrazo, o unas pala­bras… y tu cora­zón vibra con el suyo, y vuel­ves a ser como un niño, pequeño, vul­ne­ra­ble, depen­diente de Otro que te da la vida, y que te impulsa a darla. Los misio­ne­ros volun­ta­rios de Puntos Cora­zón no son seres extra­ordi­na­rios, ni siquiera creo que hagan cosas extra­ordi­na­rias, sólo apre­cian tanto su tiempo como para dedi­carlo a los demás, “lo que hicis­teis con ellos, a mí me lo hicis­teis”… Y eso es algo que se con­ta­gia, basta pasar algu­nos días con ellos como para que todo el espí­ritu de dona­ción y sobre todo de com­pa­sión por el otro te invada, desde que entras en su casa y com­par­tes lo mucho o poco que tengan hasta cuando te atre­ves a intro­du­cirte en su misión o vuel­ves a tu casa espe­ran­zado porque tu vida se ha cum­plido un poquito más, es más cierta, más ver­da­dera, y más desa­fiante ante las cir­cuns­tan­cias que se te pre­sen­tan.

Un amigo decía que el Sí de María dio la vuelta al mundo. No sólo eso, sino que ese Verbum caro factum est que cambió la his­to­ria se repite todos los días de forma casi invi­si­ble. Sim­ple­mente, hay que saber mirar bien para poder des­cu­brirlo y ser parte de ello.

Javier de Haro

Fuente: http://elpris­ma­tico.word­press.com/


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