• 7 de mayo de 2012
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Consagración de la Capilla de las hermanas Servidoras de la Presencia de Dios

Capilla de las Hermanas de la Presencia de Dios

En enero, Mon­se­ñor Carlos García, obispo de la dió­ce­sis de Lurín, cele­bró la misa de con­sa­gra­ción de la Capi­lla de Las her­ma­nas Ser­vi­do­ras de la Pre­sen­cia de Dios, en Gua­yabo - Pacha­ca­mac. 
Her­mana Gabriela, nos com­parte:

«De hoy en adelante, piedra viva »

Vivi­mos un gran acon­te­ci­miento el domingo 29 de enero: la ben­di­ción de nues­tra capi­lla y con­sa­gra­ción del altar. Nues­tro obispo mon­se­ñor Carlos, acom­pa­ñado de cuatro sacer­do­tes y tres semi­na­ris­tas, nos recordó el sen­tido de la con­sa­gra­ción de un altar. El altar, des­pués de la unción con el Santo Crisma y la colo­ca­ción de las reli­quias se vuelve «piedra viva», el mismo Cristo, al igual que cada uno de noso­tros des­pués de nues­tro bau­tismo.

Los 150 amigos que vinie­ron a vivir eso con noso­tras esta­ban todos muy con­mo­vi­dos por la belleza de la cere­mo­nia, car­gada de sím­bo­los y hablando a todos nues­tros sen­ti­dos: incienso, cirios, unción con el Santo Crisma, pro­ce­sión de las reli­quias, leta­nía de los santos… Una cate­que­sis com­pleta que nos lleva al cora­zón de la vida cris­tiana.

Las dos reli­quias que nos acom­pa­ñan ahora aquí son una de Santa Mar­ga­rita-María Ala­co­que y una de Santa Ger­mana de Pibrac. Lle­ga­das pro­vi­den­cial­mente a Gua­yabo, tienen real­mente aquí su lugar: santa Mar­ga­rita-María, la santa del Cora­zón de Jesús que nos invita a anun­ciar siem­pre más esta Mise­ri­cor­dia, y santa Ger­mana de Pibrac, patrona de los pas­to­res, ¡en un lugar donde esta­mos rodea­das de reba­ños y de pas­to­res! Des­pués de esta her­mosa con­sa­gra­ción, nues­tros amigos com­par­tie­ron con noso­tras el tra­di­cio­nal «arroz con pollo». ¡Qué ale­gría ver con­gre­ga­dos aquí amigos de nues­tras tres comu­ni­da­des! Una her­mosa unidad en que los abue­los de aquí esta­ban en la mesa con los Amigos de los niños, en que nues­tra gran amiga Per­pe­tua, la pana­dera del pueblo, pasó la tarde con­ver­sando con Alfon­sina, de la Ense­nada.

Por supuesto estaba pre­sente tam­bién Rafael García Miró, el escul­tor del altar, con­mo­vido al ver que la obra de sus manos se volvía lugar del sacri­fi­cio, ¡el mis­mí­simo Cristo!

Hna Gabriela

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