• 25 de julio de 2017
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Cuarta carta de Mariana

No sé cómo definir en palabras el inmenso amor que siento por “Luci”. Ella me ayuda a crecer y a buscar a Cristo, más y más cada día

En esta carta me gus­ta­ría hablar­les de una amiga muy espe­cial. Ya les hable un poquito de ella en mi pri­mera carta. Ella se llama Luci­mari, tiene 22 años y es uno de mis pila­res en esta misión, junto con mi comu­ni­dad, mis amigos y fami­lia, con toda la ora­ción de uste­des y sobre todo con Cristo, pues sin El no sería nada. Luci­mari tiene un cora­zón gigante, lleno de buenas inten­cio­nes, más al mismo tiempo muy herido por toda una vida de gran­des sufri­mien­tos. Comen­zando su vida con uno de los sufri­mien­tos más gran­des por el que una per­sona puede asar, el rechazo y aban­dono de la per­sona que más la debe­ría amar, su mamá. Ella nació con una mal for­ma­ción, de la cual se piensa que la razón fue un intento de aborto. Por lo que la crio desde siem­pre su abuela paterna, ya que además su padre estubo preso por mucho tiempo y des­pués no se hizo cargo de ella. Luci­mari, vive desde siem­pre a solo tres casas de la nues­tra, y es cono­cida por cada uno de los volun­ta­rios que llego a nues­tro punto cora­zón. Ella es capaz de robarte el cora­zón, y pienso que eso fue que paso con los anti­guos misio­ne­ros ya que gra­cias a ellos hoy ella camina, pues antes ella lle­gaba arras­trán­dose por el suelo hasta nues­tra casa, además de que aquí apren­dió a hablar.

No sé cómo defi­nir en pala­bras el inmenso amor que siento por “Luci”. Ella me ayuda a crecer y a buscar a Cristo, más y más cada día.

Ella es una amiga que pre­cisa de mucha aten­ción y sobre­todo que la traten con cariño. Muy seguido, tiene un mal día y llega a nues­tra casa con un humor inso­por­ta­ble, gri­tando cosas horri­bles e insul­tando a todos los que se le cruzan en el camino, dando unas ganas de gri­tarle, de cerrar la puerta y man­darla de vuelta para su casa. Pero cada vez que esto pasa, me preo­cupo de que nos sen­te­mos a con­ver­sar tran­qui­la­mente, e inten­tar ave­ri­guar qué es lo que pasa en su cabe­cita tan agi­tada y en su cora­zon­cito tan machu­cado. Muchas veces se con­si­gue tran­qui­li­zarla y hacerla entrar en razón. Pero en otras oca­sio­nes no se con­si­gue nada y vuelve eno­jada a su casa, deján­dote el gusto del mal rato en la boca. Aquí es cuando me pongo a pensar que, junto a otras per­so­nas y situa­cio­nes, Luci­mari es mi escuela de pacien­cia, de per­do­nar y saber pedir perdón, y sobre todo de amarla nue­va­mente al día siguiente cuando apa­rece con una gran son­risa en nues­tra ven­tana para pedir un vaso de agua y ofre­cer­nos su ayuda con las cosas de la casa.

Mariana

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