• 18 de octubre de 2016
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«Dios quiso que entremedio de los cerros me encontrara con Él»

María José Ver­dugo, amiga de Puntos Cora­zón nos cuenta su expe­rien­cia y viven­cia del pasado Ven y Verás en el punto cora­zón de Val­pa­raíso y la des­pe­dida de Daiana.

El pasado 9 de octu­bre viví un domingo dis­tinto. Por invi­ta­ción de una amiga llegué a Val­pa­raíso para cono­cer Puntos Cora­zón. Y en el que pudo ser un paseo de entre tantos, resultó ser una expe­rien­cia ini­gua­la­ble; Dios quiso que en medio de los cerros me encon­trara con Él.

Estoy segura de que ese día me encon­tré con Cristo; lo vi en las mira­das pene­tran­tes que los niños diri­gían a los misio­ne­ros, lo vi en el dolor de Daiana al tener que dejar esa tierra de mise­ri­cor­dia en la que se con­vir­tió Playa Ancha, lo vi en esa gran fami­lia que se reunió en torno a la euca­ris­tía y que agra­de­cía la pre­sen­cia de esos dis­cí­pu­los, que habían dejado su tierra por todo un año para ser ins­tru­men­tos de Dios en Val­pa­raíso.

Pero, por sobre todo, creo que entendí cómo se pre­senta la com­pa­sión en la vida diaria, ese pade­cer con el otro en su dolor. Me pude dar cuenta de cómo en esa comu­ni­dad, com­puesta por veci­nos y misio­ne­ros, se podían ver sus cora­zo­nes impa­cien­tes por ayudar, por enten­der al otro y, siguiendo el ejem­plo de Simón de Cirene, ayudar a los miem­bros de ella a cargar su cruz. Esa Cruz que parece inven­ci­ble, esos fan­tas­mas que nos recuer­dan nues­tra debi­li­dad, Dios nos invita a tomar nues­tra cruz y seguirlo y, para ello, nos envía a per­so­nas que nos acom­pa­ñan en nues­tro andar y nos recuer­dan que en ese dolor encon­tra­mos a nues­tro Padre. Sobre esto Gabriela Mis­tral, en uno de sus her­mo­sos versos, le pedía a Cristo “ir apren­diendo que el dolor es sólo la llave santa de tu santa puerta”.

Agra­dezco a Dios el haberme rega­lado la for­tuna de cono­cer un pedazo de cielo en medio del puerto prin­ci­pal. Y agra­dezco la exis­ten­cia de Puntos Cora­zón en medio de un mundo que no se detiene ante el sufri­miento. ¡Qué ganas de que lo que se vive en esa comu­ni­dad se vea en todas partes!

Cote Verdugo

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