• 23 de abril de 1991
es

En el jardín de infantes del amor (1991)

Tercera carta a los Amigos de los niños
- Abril de 1991 -

Muy que­ri­dos Amigos de los niños,

La mayo­ría de uste­des, es al ter­mi­nar sus estu­dios
que deci­die­ron partir
para la gran aven­tura Puntos Cora­zón.
Uste­des saben todo o casi todo,
como saben, con gran orgu­llo, tantos de sus amigos.
Uste­des apren­die­ron física o mate­má­ti­cas,
filo­so­fía o quí­mica, letras o medi­cina,
y sus diplo­mas acre­di­tan tanta cien­cia y razón.

Ahora bien, al llegar a sus pala­cios,
muy pronto des­cu­brie­ron que debían apren­der todo.
Lo que sucede es que se puede ser muy hábil en astro­lo­gía y en estra­te­gia
y en lo esen­cial, estar en el jardín de infan­tes.

Desa­rro­lla­mos nues­tro cere­bro,
nues­tros múscu­los, nues­tra auto­ri­dad sobre los demás.
¡In­fe­li­ces!, hemos olvi­dado desa­rro­llar nues­tro cora­zón...
Y en un ser lleno de cabeza,
de múscu­los o de sen­sua­li­dad,
pobre cora­zón,
¡está per­dido como un des­per­di­cio bien mise­ra­ble!
Lo que sucede es que, a pesar de las mil refor­mas del minis­te­rio,
no tene­mos toda­vía ni un maes­tro, ni un pro­fe­sor del cora­zón,
no reci­bi­mos lec­cio­nes, ni ins­truc­cio­nes en lo refe­rente al amor.
No nos asom­bre­mos de que haya tantos divor­cios,
de que se mate y se odie,
de que se robe y se mienta:
¡para muchos, el amor está en código Morse!
Feliz­mente, para recor­dar­les el camino de lo esen­cial,
tal vez tuvie­ron el tes­ti­mo­nio de sus fami­lias, o sus amigos
o -¿por qué no?- el ejem­plo de algún sacer­dote.

En el avión, sus cos­ti­llas esta­ban a punto de rom­perse
de tanto que se hin­cha­ban sus cora­zo­nes por el amor
que los con­du­cía a los pobres.

Pasan los días...
Su cora­zón les parece una pizca de polvo
cuya estre­chez los asusta.
Y, lle­gada la noche, tal vez en su lecho
uste­des lloran su mise­ria...

Los otros les pare­cían tan ama­bles:
¡pero ahora, no son más que la encar­na­ción de mil defec­tos!
Los niños les pare­cían tan encan­ta­do­res en las fotos:
¡pero ahora, a veces son más que pesa­dos!
Y Dios, en esta aven­tura, uste­des lo pen­sa­ban muy cerca:
¡y ahora parece estar a mil leguas!

Y en la mesa...
Dis­cu­ten y se pelean...
Se ofen­den y se moles­tan...
Se hieren y se agre­den...
Se endu­re­cen y se amar­gan...
-¡Oh!, ¡No siem­pre, por supuesto!
¡Hay noches en que la ale­gría esta­lla!-

Y a veces, durante varios días
se retraen en el silen­cio,
se encie­rran en el mal humor,
qui­sie­ran evi­tarse:
hay que habi­tarse.

"¡Ah! no entiendo nada: me sentía tan fuerte,
pero ¡con tal de que los niños no sos­pe­chen nada!..."

Y, en cier­tos momen­tos,
he aquí que sobre­viene la dese­s­pe­ranza
como una vieja hiedra que se aferra fuerte.
"¿Qué vine a hacer aquí?
¡Si supiera amar!...
¡Pero no, no tengo nada que apor­tar!
Lo único que sé es estar eno­jado...
¡No tengo nada que decir!
’La escu­cha es el primer paso del amor...’
¡Ésta es mi suerte: no soy más que un pozo de pala­bras!...
¡No tengo nada que hacer!
’El hacer es secun­da­rio...’
¿Qué hacer? Me siento hervir por estar inmó­vil.
¡Ser! ¡Es­cu­char! ¡Ado­rar!
¡Ah! ¡Si se tra­tara de hacer, de hablar, de sobre­sa­lir!"

Pero no, mis que­ri­dos chicos, ¡Se trata de AMAR!
La sopa es amarga, mañana será dulce.

Durante horas,
¿es nece­sa­rio expli­car cada pala­bra,
jus­ti­fi­car cada com­por­ta­miento,
des­con­fiar uno del otro?
¡Ah, no! He aquí lo que hace falta:
ponerse de rodi­llas todos juntos
alre­de­dor de la mesa de la cocina,
y comen­zar a rezar
como niños que ya no tienen que comer,
y excla­mar:
"¡Oh Dios mío, no sabe­mos amar­nos!"
¡He aquí un punto bien común,
para el que lo busca!

No hay duda de que esta decla­ra­ción de no-amor,
esta decla­ra­ción humilde y brutal
hace fundir al Amor...
Y muy pronto los cora­zo­nes se llenan de una dulce ale­gría,
y uno frente al otro,
sin com­pren­der ya nada de sus deba­tes ante­rio­res,
se dirán:
"¡Ah! ¡Qué tontos fuimos!
¿Era nece­sa­rio perder tanto tiempo siendo tan malos?
¿Acaso los peque­ños tienen nece­si­dad de nues­tras locu­ras?"

Lo que sucede es que LA ORA­CIÓN PACI­FICA LOS CORA­ZO­NES.
"¡Les dejo la paz, les doy mi paz!" (Jn. 14, 27)
"Sopló sobre ellos y les dijo:
¡La paz esté con uste­des!"
(Jn. 20, 21-22)
La ora­ción, ¿No es acaso ponerse juntos
bajo el soplo bene­fac­tor de Dios?

LA ORA­CIÓN ALI­MENTA LOS CORA­ZO­NES.
Se nos dice: "¿Para qué rezar?"
Yo res­pondo: "¿Para qué comer?"
Pres­cin­dir de la ora­ción,
¿no es tan sui­cida como la ano­re­xia?

LA ORA­CIÓN VUELVE HUMIL­DES LOS CORA­ZO­NES.
Ella los pone de rodi­llas ante el más pequeño
y he aquí que uste­des le lavan los pies.
¡Es tan her­moso el ejem­plo de Jesús!
No ceso de estar mara­vi­llado con esa escena
-con esa Cena-
que revo­lu­ciona la huma­ni­dad.

En oca­sión del jueves santo del año pasado, yo escri­bía:
"Si los sirios lava­ran los pies de los liba­ne­ses
y los liba­ne­ses de los sirios...
Si los hom­bres polí­ti­cos lava­ran los pies de sus admi­nis­tra­dos...
Si, esta noche, el Señor Mit­te­rrand lavara los pies de sus minis­tros
y los minis­tros de los secre­ta­rios de Estado
y los secre­ta­rios de Estado de los dipu­ta­dos...
Si los padres, esta noche y todos los días,
lava­ran los pies de sus hijos...
Si los pro­fe­so­res lava­ran los pies de sus alum­nos...
Si los chinos lava­ran los pies de los ame­ri­ca­nos
y los ame­ri­ca­nos de los rusos...
Si los pro­pie­ta­rios de las gran­des pro­pie­da­des bra­si­le­ñas
des­cen­die­ran a las fave­las para lavar los pies de los niños de la calle...
¡Esto evi­ta­ría las cos­to­sas reu­nio­nes de la ONU, de la FAO, de la UNESCO,
y sería mil veces más eficaz!
¡Esto haría crecer la cali­dad del amor en el mundo
y el mundo sería tanto más her­moso!"

«Y todas estas suge­ren­cias, no soy yo quien las pro­pone,
es el mismo Jesús:
’Si yo, que soy el Señor y el Maes­tro,
les he lavado los pies,
uste­des tam­bién deben lavarse los pies unos a otros.
Les he dado ejem­plo, para que hagan lo mismo
que yo hice con uste­des.’ ( Jn. 13, 14-15)»

«Es muy fácil decir:
’Nada puede cam­biar.
Habrá siem­pre ase­si­nos y víc­ti­mas.’
Es muy fácil resig­narse, bajar los brazos.
¡Y tam­bién es cri­mi­nal!
Hay que levan­tarse,
-lo cual para los dis­cí­pu­los de Jesús sig­ni­fica:
hay que ponerse de rodi­llas-,
hay que callarse y lavar los pies de todos,
-de nues­tro trai­dor y de nues­tro amigo -,
y des­cu­bri­re­mos lo siguiente:
des­pués que Dios lavó los pies del hombre,
des­pués que Jesús lavó los pies de Judas,
NADA PUEDE CAM­BIAR TANTO AL MUNDO
COMO UN HOMBRE QUE LAVA LOS PIES DE SU HER­MANO.»

LA ORA­CIÓN UNI­FICA LOS CORA­ZO­NES.
Bajo el mismo techo
uste­des son negros, blan­cos o ama­ri­llos,
uste­des son inge­nie­ros o,
según lo que dicen sus pro­fe­so­res, eter­nos “in­ser­vi­bles”,
uste­des son de dere­cha o de izquierda,
son apa­sio­na­dos o fle­má­ti­cos...
¡Ah! ¡Qué her­mosa diver­si­dad
que yo sueño cada vez más grande!
Que muy pronto pudiese haber en Belén,
en el mismo pese­bre, árabes cris­tia­nos y judíos cris­tia­nos...
Y en Bombay,
en la misma casi­lla, amigos de todas las castas...
Y en Beirut...
¡La diver­si­dad, qué inmensa ven­taja para uste­des!

LA ORA­CIÓN SIM­PLI­FICA LOS CORA­ZO­NES.
Tú eres varón.
Detec­tas todas las causas
y des­cu­bres todas las razo­nes.
Estruc­tu­ras un Punto Cora­zón ideal
con fuerza, leyes y regla­men­tos:
¡yo no quiero otros que los del amor!

Tú eres mujer.
Te ima­gi­nas mil sobre­enten­di­dos
a través de mira­das y son­ri­sas cóm­pli­ces.
Te recar­gas fre­cuen­te­mente de celos,
crees que siem­pre se te olvida,
y eso se con­vierte en tu única preo­cu­pa­ción.
¡Ah! her­ma­nos muy que­ri­dos,
si no espe­ra­ran la solu­ción más que de Dios...
¡Ah! her­ma­nas muy que­ri­das,
si no fija­ran su mirada más que en Dios...

Así, nue­va­mente, uste­des com­pren­de­rán:
Puntos Cora­zón no es un código,
ni una estruc­tura que, per­mite a jóve­nes con la enfer­me­dad del exo­tismo,
pasar una tem­po­rada en el extran­jero.
Es un espí­ritu,
UNA VIDA DE HER­MA­NOS, MUY SIMPLE,
EN EL AMOR MUY SIMPLE A DIOS.
Puntos Cora­zón no se basa en la habi­li­dad ni en el saber hacer,
sino en la humil­dad y en la ora­ción.
No es una obra huma­ni­ta­ria,
quiere ser una obra de sal­va­ción.

Es una obra donde apren­de­mos a amar­nos,
a amar­nos día tras día,
y amar­nos HASTA EL FIN.

Es una obra en la que se reza
para que salgan a la luz las incohe­ren­cias
y se dese­n­mas­ca­ren las ambi­cio­nes y los temo­res.

Es una obra en la que se acepta
mos­trar a los demás los pies
que siem­pre se vuel­ven a ensu­ciar.
Pobres hom­bres: ¡todos esta­mos en eso!

Es una obra en la que se acepta
lavar los pies de los demás
¡po­nién­do­nos siem­pre más abajo que ellos!
Lo que sucede es que no tene­mos más que una solu­ción para ser ele­va­dos:
¡la de des­cen­der!

Que­ri­dos míos, sean pacien­tes:
¡NO SABE­MOS CÓMO AMA­RE­MOS AL ATAR­DE­CER
CUANDO RECIÉN COMEN­ZA­MOS LA MAÑANA!...
No bajen los brazos el primer día
-¿Cuánto tiempo les costó saber escri­bir,
y hablar inglés
(y tal vez años des­pués toda­vía no pueden hacerlo)?-
Antes de ser astros de fuego,
es muy nece­sa­rio que los Puntos Cora­zón
sean humil­des refle­jos del cirio pas­cual.
¡No se inquie­ten!
Es nece­sa­rio un tiempo para fundir los cora­zo­nes.
Es nece­sa­rio el dolor.
-¡No hay amor sin sufri­miento!-
para que un Punto Cora­zo­nes se con­vierta en un Punto Cora­zón.

Pero A QUIE­NES LO QUIE­RAN VER­DA­DE­RA­MENTE
les será con­ce­dido.
Nunca se men­diga en vano el amor al Amor.
¡Es mi con­vic­ción más íntima!

PUNTOS CORA­ZÓN ES UNA ESCUELA DE REA­LISMO.
Allí no se sueña con el amor.
Se lo pro­clama ponién­dose en la cruz.
Se lo escribe con la sangre y el can­san­cio.
Se lo tra­duce de rodi­llas
con una palan­gana con agua y una toalla.
Y así no se sueña a quie­nes tene­mos que amar.
A ese Amigo de los niños,
hay que amarlo tal cual es;
es siem­pre su mismo len­guaje con­fuso
el que hay que escu­char,
son siem­pre sus mismos defec­tos los que hay que per­do­nar.
No pode­mos huir: ¡hui­ría­mos del Amor!

¿De qué sirve incluso pensar:
"¡Ah, si Jose­fina no estu­viera
for­ma­ría­mos la comu­ni­dad ideal,
nues­tro Punto Cora­zón sería un pequeño paraíso...
Jose­fina, es nues­tra piedra de tro­piezo,
es el obs­táculo para la comu­nión,
es el anti-tes­ti­mo­nio per­ma­nente!..."

Yo les pre­gunto:
¿No será tal vez Jose­fina la piedra angu­lar?
¿No será tal vez la suerte de la comu­ni­dad?
Jose­fina se cierra, se blo­quea y se calla,
porque se siente recha­zada
por uste­des y tal vez por todos.
Pero si tra­ta­ran de amarla
¿no se vol­ve­ría ella más fácil de amar?...
Si la escu­cha­ran hasta el final, llenos de bene­vo­len­cia,
¿no la com­pren­de­rían mejor?
¡Ah! será fácil amar
cuando te encuen­tres solo en la comu­ni­dad,
cuando hayas eli­mi­nado a todos aque­llos
cuyo rostro te parece dema­siado ale­jado del tuyo,
¡o tal vez dema­siado cer­cano!

Yo les digo:
Cuanto más alguien les parezca, a pri­mera vista, difí­cil de amar,
más pueden creer
que es el comienzo de una aven­tura esplén­dida con él.
Pode­mos optar por esca­lar la meseta de Mille­va­ches.
O pode­mos optar por esca­lar el Hima­laya.
¡Pero desde el Hima­laya la vista es tanto más her­mosa!
Cuando a su alre­de­dor tengan sola­mente a
sus amigos de largo tiempo atrás,
gente del mismo movi­miento,
seres que com­par­ten todos sus gustos
y que los hala­gan sin cesar,
uste­des se encon­tra­rán como el alpi­nista ante una sierra de pocos metros:
¡ten­drán un aspecto bien tonto!

Se los repito:
¡Qué Dios los pre­serve del orgu­llo
poniendo una Jose­fina en cada Punto Cora­zón!...
Y por otra parte, no hay duda que esta Jose­fina,
es cada uno de uste­des, uno detrás de otro.
¡Ah! cómo des­con­fío de los amores fáci­les,
de los amores cons­trui­dos dema­siado rápido!

¡QUE LA COM­PA­SIÓN SEA SU MISIÓN!
No digan:
"¡No es mi herida!"

¡QUE LA ESCU­CHA SEA SU PASIÓN!
No digan:
"¡Lo inte­rrum­piré! ¡Ya me ha con­tado bas­tante!"

¡QUE EL PERDÓN SEA SU CON­SUELO!
No digan:
"Mañana nos ocu­pa­re­mos de poner las cosas en claro."
¡Tiene que ser ahora!

¡QUE LA COMU­NIÓN SEA SU OBSE­SIÓN!
En la calle y en todas partes supli­quen:
"¡Padre, que Jose­fina y yo seamos uno
como Tú, Padre, y Él, el Verbo, son uno!"

¡No tengan otra ora­ción!
¡No tengan otra obse­sión!
"Por ese signo..."
No hay otro.

Cada mañana uste­des comen el mismo Cuerpo...
Cada noche su mirada se posa sobre la misma hostia con­sa­grada...
La Solu­ción está allí...
El Maes­tro está allí...

Yo soñaba con una escuela de amor.
He aquí que ella existe real­mente.
Y, ante el Rabbí enviado por Abba, nues­tro Padre,
como adul­tos en la escuela de la infan­cia,
henos aquí a todos en el jardín de infan­tes...

Padre Thierry de Roucy

Volver