• 16 de agosto de 2013
es

La Iglesia según el corazón del Papa

El Papa Francisco en Río

Una cosa es cierta, no pode­mos culpar al Papa Fran­cisco de no tener el sen­tido de la rea­li­dad, o de igno­rar las debi­li­da­des de su Igle­sia. Esto quedó de mani­fiesto cla­ra­mente durante los últi­mos días durante su viaje apos­tó­lico a Brasil, y en par­ti­cu­lar en su dis­curso a los obis­pos bra­si­le­ños. En res­puesta a la pro­funda inquie­tud de la Igle­sia Cató­lica bra­si­leña, quien desde algu­nos años ha visto el número de sus fieles dis­mi­nuir de manera dra­má­tica, el Papa Fran­cisco medita sobre el Evan­ge­lio de los dis­cí­pu­los de Emaús y refle­xiona sobre las causas de estas deser­cio­nes y la decep­ción que ori­gi­nan.

“Tal vez la Igle­sia se ha mos­trado dema­siado débil, dema­siado lejana de sus nece­si­da­des, dema­siado pobre para res­pon­der a sus inquie­tu­des, dema­siado fría para con ellos, dema­siado auto­rre­fe­ren­cial, pri­sio­nera de su propio len­guaje rígido; tal vez el mundo parece haber con­ver­tido a la Igle­sia en una reli­quia del pasado, insu­fi­ciente para las nuevas cues­tio­nes; quizás la Igle­sia tenía res­pues­tas para la infan­cia del hombre, pero no para su edad adulta". Si el Papa Fran­cisco invita a los obis­pos, si él nos invita a todos a escu­char estas crí­ti­cas “con coraje", no es por gusto a la auto­fla­ge­la­ción, sino porque las razo­nes de estas deser­cio­nes "con­tie­nen en sí mismas tam­bién las razo­nes de un posi­ble regreso." En cuanto aque­llas expre­san los anh­e­los más pro­fun­dos del cora­zón humano –anh­e­los de res­pues­tas, de luz y de ter­nura-, estas crí­ti­cas nos instan a reco­no­cer y mos­trar el ver­da­dero rostro de la Igle­sia.

Ese rostro, es el rostro de María, a quien el Papa Fran­cisco ha hecho refe­ren­cia nume­ro­sas veces, espe­cial­mente durante su visita al san­tua­rio mariano de Apa­re­cida. En María «con­ce­bida sin pecado ori­gi­nal» se «refleja» la belleza de Dios. La belleza de María, que reside en la per­fec­ción de su vida de fe, de espe­ranza y de amor, es el fun­da­mento y la clave de la ecle­sio­lo­gía desa­rro­llada por Papa Fran­cisco durante su viaje. Haciendo hin­ca­pié en que «María es más impor­tante que los obis­pos», el Papa no hace una con­ce­sión a los prin­ci­pios de rei­vin­di­ca­cio­nes femi­nis­tas, sino más bien él afirma una pre­misa fun­da­men­tal de la ecle­sio­lo­gía cató­lica, en virtud de la cual el primer aspecto en la Igle­sia no es la dimen­sión ins­ti­tu­cio­nal, sino la dimen­sión mariana. La Igle­sia se define prin­ci­pal­mente como "Esposa, madre, ser­vi­dora". Al ale­jarse de esta voca­ción pri­mera, la Igle­sia «cae en el fun­cio­na­lismo, [...] y ter­mina siendo admi­nis­tra­dora,» dejando de ser una esposa y lle­gando a ser esté­ril, inca­paz de engen­drar. A la luz de las ense­ñan­zas del Papa Fran­cisco y siguiendo su ya famoso método de los «tres puntos», aden­tré­mo­nos en el sen­tido de lo que sig­ni­fica e implica con­cre­ta­mente esta triple misión de la Igle­sia, lla­mada a ser ser­vi­dora, madre y esposa.

La Igle­sia es ser­vi­dora, o dicho de otro modo, y con la pala­bra que puntúa todo el dis­curso del Papa durante su viaje, que ella es «misio­nera». Es bello ver que para el Papa la misión no es un capí­tulo opcio­nal de la vida cris­tiana, o un «aña­dido» al que acce­den los que ya han alcan­zado una madu­rez espi­ri­tual sufi­ciente. Al con­tra­rio, se ins­cribe como fun­da­mento de la iden­ti­dad cris­tiana, y funda el ser mismo de la Igle­sia. El cris­tiano, nos dice el Papa, es un «des­cen­trado» – y jugando con las pala­bras, podría­mos decir: un excén­trico. "El centro es Jesu­cristo, que nos llama y envía. El dis­cí­pulo esta enviado a las peri­fe­rias exis­ten­cia­les. "

Esta imagen de la peri­fe­ria, tan que­rida por del Papa Fran­cisco, nos recuerda que su prin­ci­pal preo­cu­pa­ción, en cuanto pastor uni­ver­sal, es la oveja per­dida, fuera del rebaño. Y su deseo más urgente es lle­var­nos a com­par­tir su preo­cu­pa­ción, para que nues­tros cora­zo­nes con­mo­vi­dos al uní­sono con el suyo se tornen natu­ral­mente y pron­ta­mente hacia los que sufren. Es de un pro­fundo dolor que cons­tan­te­mente vuelva al sufri­miento de nues­tros con­tem­po­rá­neos: «La pér­dida del sen­tido de la vida, la desin­te­gra­ción per­so­nal, la pér­dida de la expe­rien­cia de per­te­ne­cer a un “nido”, la vio­len­cia sutil pero impla­ca­ble, la rup­tura interna y la frac­tura en las fami­lias, la sole­dad y el aban­dono, las divi­sio­nes y la inca­pa­ci­dad de amar, de per­do­nar, de com­pren­der, el veneno inte­rior que hace la vida un infierno, la nece­si­dad de ter­nura porque uno se siente tan inca­paz e infe­liz, los inten­tos falli­dos de encon­trar res­pues­tas en la droga, en el alcohol, en el sexo se con­vir­tie­ron en nuevas cár­ce­les...». Y con­cluye: "La sen­sa­ción de aban­dono y de sole­dad, de no per­te­ne­cerse ni siquiera a sí mismos, que emerge a menudo en esta situa­ción es dema­siado dolo­rosa para aca­llarla."

La Igle­sia ha de enfren­tarse cons­tan­te­mente a este sufri­miento que toca a nues­tras puer­tas con ros­tros muy con­cre­tos. "Hoy en día, hace falta una Igle­sia capaz de acom­pa­ñar, de ir más allá del mero escu­char; una Igle­sia que acom­pañe en el camino ponién­dose en marcha con la gente; una Igle­sia que pueda des­ci­frar esa noche que entraña la fuga de Jeru­sa­lén de tantos her­ma­nos y her­ma­nas... Qui­siera que hoy nos pre­gun­tá­ra­mos todos: ¿Somos aún una Igle­sia capaz de infla­mar el cora­zón? ¿Una Igle­sia que pueda hacer volver a Jeru­sa­lén? ¿De acom­pa­ñar a casa?"

La Igle­sia es Madre. “Qui­siera recor­dar que “pas­to­ral” no es otra cosa que el ejer­ci­cio de la mater­ni­dad de la Igle­sia. La Igle­sia da a luz, ama­manta, hace crecer, corrige, ali­menta, lleva de la mano…”. Sólo una pre­sen­cia mater­nal es capaz de con­so­lar, levan­tar y llevar a la oveja per­dida. “Se requiere, pues, una Igle­sia capaz de redes­cu­brir las entra­ñas mater­nas de la mise­ri­cor­dia. Sin la mise­ri­cor­dia, poco se puede hacer para inser­tarse en un mundo de “he­ri­dos” que nece­si­tan com­pren­sión, perdón y amor.” El Papa nos advierte contra la ten­ta­ción cle­ri­cal de las pas­to­ra­les ela­bo­ra­das en salas de reu­nio­nes, de pas­to­ra­les “ale­ja­das” que él des­cribe sin con­ce­sio­nes como "pas­to­ra­les dis­ci­pli­na­rias que pri­vi­le­gian los prin­ci­pios, las con­duc­tas, los pro­ce­di­mien­tos orga­ni­za­ti­vos… por supuesto sin cer­ca­nía, sin ter­nura, sin cari­cia. Se ignora la ‘revo­lu­ción de la ter­nura’ que pro­vocó la encar­na­ción del Verbo”. Durante estas char­las, el Papa men­cionó tres impli­ca­cio­nes prác­ti­cas de esta "misión mater­nal": la pro­xi­mi­dad, el tiempo y la sen­ci­llez.

La esen­cia materna de la misión de la Igle­sia implica que se viva prin­ci­pal­mente en la rela­ción de afecto con­creto que nace entre dos per­so­nas. El Papa lo expli­cita con la imagen rele­vante de la carrera de rele­vos: "es deci­sivo recor­dar que un legado es como el tes­tigo, la posta en la carrera de rele­vos: no se lanza al aire y quien con­si­gue aga­rrarlo, bien, y quien no, se queda sin él. Para trans­mi­tir el legado hay que entre­garlo per­so­nal­mente, tocar a quien se le quiere dar, trans­mi­tir este patri­mo­nio." En su dis­curso a los obis­pos, el Papa Fran­cisco insiste en el hecho de que lo que la Igle­sia más nece­sita en este momento son "minis­tros capa­ces de enar­de­cer el cora­zón de la gente, de cami­nar con ellos en la noche." Dicho de otra manera, minis­tros con un cora­zón de madre, un cora­zón que se inclina sobre el sufri­miento, que se queda de pie junto a la cruz. Un cora­zón que escu­cha.

Un aspecto de la misión mater­nal implica saber tomarse el tiempo. Porque hace falta tiempo para entrar en el sufri­miento de una per­sona, para entrar como Moisés, con el res­peto del que se quita las san­da­lias. Se nece­sita tiempo para que la mise­ri­cor­dia se derrame como un bál­samo que len­ta­mente corra por las heri­das abier­tas, dolo­ro­sas. Se nece­sita tiempo para que el alma magu­llada acepte ser ayu­dada y abra­zada. Se nece­sita tiempo para que ella se levante. A veces se nece­si­tan años para que flo­rezca una amis­tad libre y con­fiada. “La Igle­sia, ¿sabe toda­vía ser lenta: en el tiempo, para escu­char; en la pacien­cia, para repa­rar y recons­truir? ¿O acaso tam­bién la Igle­sia se ve arras­trada por el fre­nesí de la efi­cien­cia? Recu­pe­re­mos, que­ri­dos her­ma­nos, la calma de saber ajus­tar el paso a las posi­bi­li­da­des de los pere­gri­nos, al ritmo de su cami­nar, la capa­ci­dad de estar siem­pre cerca, para que puedan abrir un res­qui­cio en el desen­canto que hay en su cora­zón, y así poder entrar en él. Quie­ren olvi­darse de Jeru­sa­lén, donde están sus fuen­tes, pero ter­mi­nan por sen­tirse sedien­tos.”

Otro aspecto, esta misión mater­nal requiere un cora­zón sen­ci­llo, que no se sobre­car­gue con tantos dis­cur­sos o estruc­tu­ras. Al mirar a los pobres o a los pere­gri­nos del San­tua­rio de Apa­re­cida, el Papa encuen­tra un recor­da­to­rio con­mo­ve­dor de aque­lla sen­ci­llez: "La gente sen­ci­lla siem­pre tiene espa­cio para alber­gar el mis­te­rio. Tal vez noso­tros hemos redu­cido nues­tro hablar del mis­te­rio a una expli­ca­ción racio­nal; pero en la gente, al con­tra­rio, el mis­te­rio entra por el cora­zón. En la casa de los pobres, Dios siem­pre encuen­tra sitio". Qué impor­tante es que se tenga en cuenta lo siguiente: ser cris­tiano es una cosa simple, es un movi­miento sobre­na­tu­ral que brota espon­tá­nea­mente del cora­zón con la misma sim­pli­ci­dad y velo­ci­dad de un movi­miento natu­ral. "Dios pide que se le res­guarde en la parte más cálida de noso­tros mismos: el cora­zón”. Cuando el cris­tia­nismo se aleja del cora­zón, se aleja tam­bién de Cristo. Ojalá nues­tra fe guarde siem­pre esta sen­ci­llez de las pala­bras y de los gestos, esta sen­ci­llez que deja abierta la puerta al encuen­tro y a la amis­tad, que sabe reco­no­cer y admi­tir sim­ple­mente que el rey está des­nudo, cuando de hecho esta des­nudo, y “cu­brir el mis­te­rio de la Virgen con el pobre manto de su fe”.

La Igle­sia es esposa. La mater­ni­dad no se esta­blece por decreto, ni tam­poco resulta de un acto de la volun­tad. La Igle­sia, que defiende fir­me­mente esta verdad en el ámbito de la fami­lia y de la bio­é­tica, se olvida fácil­mente que ella tam­bién es ver­da­dera y esen­cial en el ámbito espi­ri­tual. Solo la esposa es fecunda. María es Madre de la Igle­sia, porque fue la esposa total­mente entre­gada a su Señor, la esposa que se ofrece y acoge. El cle­ri­ca­lismo, que por como­di­dad renun­cia a las exi­gen­cias y al dolor de la mater­ni­dad para poner su espe­ranza en la ins­ti­tu­ción, aban­dona la posi­ción de esposa y este­ri­liza la Igle­sia. Las ten­ta­cio­nes cle­ri­ca­les de dar la vida "in vitro" (en la con­cen­tra­ción de las salas de reu­nión) están con­de­na­das al fra­caso: se puede en cierta medida con­tro­lar a la bio­lo­gía, pero no se puede con­tro­lar al Espí­ritu Santo. Sólo par­ti­ci­pan en el acto de engen­dra­miento de la Igle­sia, aque­llos y aque­llas que se pre­sen­tan como esposa ante el Señor, y que, a imagen de María, la humilde ser­vi­dora, siguen al Cor­dero donde sea el que vaya, en las peri­fe­rias de Jeru­sa­lén, en la cumbre del Gól­gota, al pie de la cruz.

Cuando ella par­ti­cipa de la misión de María, "esposa, madre y ser­vi­dora", la Igle­sia tam­bién par­ti­cipa de su belleza. ¡Que bella es la Igle­sia cuando es esposa y madre! Bella por la misma belleza de María. Bella con una belleza que brilla en la oscu­ri­dad del mundo como un faro en la noche, una belleza que le atrae, y con­suela a los cora­zo­nes tris­tes, desi­lu­sio­na­dos, deses­pe­ra­dos. Deje­mos las últi­mas pala­bras de esta breve medi­ta­ción ecle­sio­ló­gica al Papa Fran­cisco, que evoca el gesto de los peca­do­res de Apa­re­cida, quie­nes hace tres­cien­tos años, des­cu­brie­ron y alo­ja­ron en sus pro­pios hoga­res la imagen rota de una virgen negra res­ca­tada del agua. "Hay mucho que apren­der de esta acti­tud de los pes­ca­do­res. Una igle­sia que da espa­cio al mis­te­rio de Dios; una igle­sia que alberga en sí misma este mis­te­rio, de manera que pueda mara­vi­llar a la gente, atraerla. Sólo la belleza de Dios puede atraer. El camino de Dios es el de la atrac­ción. A Dios, uno se lo lleva a casa. Él des­pierta en el hombre el deseo de tenerlo en su propia vida, en su propio hogar, en el propio cora­zón. Él des­pierta en noso­tros el deseo de llamar a los veci­nos para dar a cono­cer su belleza. La misión nace pre­ci­sa­mente de este hechizo divino, de este estu­por del encuen­tro. Habla­mos de la misión, de Igle­sia misio­nera. Pienso en los pes­ca­do­res que llaman a sus veci­nos para que vean el mis­te­rio de la Virgen. Sin la sen­ci­llez de su acti­tud, nues­tra misión está con­de­nada al fra­caso".

P. Paul Anel, Molokai

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