• 7 de mayo de 2012
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¡Noticias de Lucho en Brasil!

Luis con los niños de la Fazenda

La Fazenda es un pueblo en minia­t­ura, un her­moso lugar ais­lado en las verdes coli­nas de los alre­de­do­res de Sal­va­dor. Yo vivo en una pequeña casa con Diego y Diego, Chris­tian y Adriano. Diego, alias Didí, es una figura clave de la Fazenda. Víc­tima de una fiebre alta que le causó pará­li­sis cere­bral cuando era niño, parece estar per­pe­tua­mente en otro mundo. Él no camina ni habla, sin embargo me parece que per­cibe muy bien el ambiente que lo rodea y el amor hacia él. Tam­bién hay otro Diego, que es un joven de trece años, que está en la Fazenda desde hace muchos años. Su padre y su madre, que vamos a ver de vez en cuando en Sal­va­dor, tienen gran­des difi­cul­ta­des. Tiene muchos dones, apren­dió a tocar el violín. Por último, están Chris­tian, un volun­ta­rio fran­cés y Adriano, volun­ta­rio argen­tino, con quien com­parto mi habi­ta­ción.

Mi bús­queda exis­ten­cial, mi bús­queda de Cristo, pueden estar segu­ros, no la rea­lizo desde el vacío, sino entrando en este mundo de Didí, entrando en las res­pon­sa­bi­li­da­des a mi cargo en la Fazenda, tomando el riesgo del juicio sobre mi expe­rien­cia per­so­nal a través de la escuela de comu­ni­dad de cada semana, a través de la con­fron­ta­ción con los res­pon­sa­bles, viviendo regu­lar­mente este sacra­mento exis­ten­cial que es la con­fe­sión, apro­ve­chando la capi­lla para este «fan­tás­tico esfuerzo de la ora­ción de todos los días», a través de esta misa diaria, en sín­te­sis, entrando en toda esta vida que me es pro­puesta, dis­po­ni­ble para mí, a la espera de mi libre res­puesta.

Luis d’A.

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