• 2 de octubre de 2011
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De la mano de Nuestra Señora de la Compasión

En comu­nión con todas las comu­ni­da­des de Puntos Cora­zón en el mundo, pro­pu­si­mos a nues­tros amigos de San­tiago, acom­pa­ñar­nos al san­tua­rio mariano más cer­cano para cele­brar nues­tra fiesta patro­nal, Nues­tra Señora de la Com­pa­sión. En esta her­mosa mañana de pri­ma­vera, espe­ra­mos al pie del Cerro San Cris­tó­bal a los valio­sos par­ti­ci­pan­tes y fuimos par­ti­cu­lar­mente toca­dos de ver llegar de a uno, dos, tres y hasta fami­li­llas com­ple­tas, amigos de varios ámbi­tos: vecin­da­rio, uni­ver­si­dad, comu­ni­dad fran­có­fona, semi­na­ris­tas y otros que la Pro­vi­den­cia puso en nues­tro camino. Una diver­si­dad tanto de origen como de edad (puesto que nues­tro grupo con­taba con buena can­ti­dad de niños) que refleja, como suele decir nues­tro fun­da­dor, la riqueza de nues­tro carisma.

Antes de empe­zar nues­tra ascen­sión, el padre Lorenzo nos invitó a dis­po­ner toda nues­tra per­sona bajo la mirada de Dios y reci­bir este momento como un don. Mien­tras unos abrían camino ani­mando el rosa­rio, los padres cerra­ban la marcha, dis­po­ni­bles para escu­char y con­fe­sar a los pere­gri­nos. A mitad de camino, cuando apa­re­cían los pri­me­ros signos de can­san­cio por el calor que se hacía fuerte, para­mos en uno de los her­mo­sos par­ques que ofrece el cerro y escu­cha­mos una pequeña medi­ta­ción de Denis sobre el sen­tido del rezo del rosa­rio.

Una hora más tarde, lle­ga­mos ali­via­dos al san­tua­rio, al pie de la Virgen que cuida desde la cumbre nues­tra ciudad. Cele­bra­mos una misa de acción de gra­cias por la misión reci­bida de María, tanto en Chile como en el mundo. Con­fia­mos todos los miem­bros de nues­tra pequeña obra así como los amigos hacia quien nos envío bajo su mater­nal pro­tec­ción, y nos con­sa­gra­mos a Ella con las pala­bras de nues­tro fun­da­dor, «¡Tuya es nues­tra fami­lia, Virgen María! ¡Y somos tuyos!»

Este encuen­tro fra­ter­nal se con­cluyó con un Picnic en los jar­di­nes del san­tu­rio, el cora­zón hin­chado por la belleza de los dones reci­bi­dos.


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