• 23 de septiembre de 2004
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Puntos Corazón, una obra en movimiento (2004)

Editorial de Padre Thierry de Roucy - De un Punto Corazón al otro Nº 48 - septiembre 2004

Aunque un carisma sirva para la edi­fi­ca­ción de la Igle­sia, nada tiene de piedra inerte. Es más bien com­pa­ra­ble a una joya que se inserta en un cora­zón o a una semi­lla que se planta en alguna parte de la tierra de la Igle­sia para rege­ne­rarla, enri­que­cerla, fecun­darla. Cuando llega esta semi­lla, se la mira un tiempo y luego se le da un nombre ¡Siem­pre se busca defi­nirla! Se ve su forma, se des­cu­bre en ella poten­cia­li­da­des, se ima­gina su evo­lu­ción. Pero en rea­li­dad, no se puede saber bien lo que ella es y lo que será de ella, como no se puede saber el deve­nir de un bebé que se puede admi­rar en la cuna… Cuando se desa­rro­lla, todo carisma asom­bra, sor­prende, des­pista. Es que se ase­meja al Espí­ritu Santo: no se sabe de dónde viene ni adónde va, jamás se logra tener una idea defi­ni­tiva de Su figura. La ten­ta­ción, es limi­tarlo, res­trin­girlo al con­cepto ini­cial que se tiene, ence­rrarlo en estruc­tu­ras estre­chas, no espe­rar de él nin­guna nove­dad, nin­guna crea­ción, nin­guna recrea­ción…

Cuando Puntos Cora­zón nos fue dado, lo cali­fi­ca­mos como obra «de com­pa­sión y con­so­la­ción». Frente al gobierno civil decla­ra­mos que se tra­taba de una aso­cia­ción que per­mi­ti­ría a jóve­nes volun­ta­rios pasar entre catorce meses y dos años en un barrio pobre para apor­tar un apoyo coti­diano a los más aban­do­na­dos de los niños. En los esta­tu­tos ecle­siás­ti­cos, hemos escrito que Puntos Cora­zón par­ti­ci­paba en la misión evan­ge­li­za­dora de la Igle­sia ofre­ciendo a los que más sufren el soco­rro de una pre­sen­cia, de una amis­tad, esto a través de jóve­nes volun­ta­rios que se com­pro­me­te­rían a vivir de ora­ción, de amor fra­ter­nal y de com­pa­sión por un tiempo dado. Catorce años des­pués, parece que todo lo que fue dicho al prin­ci­pio sigue tal cual, pero que al mismo tiempo todo se ha ensan­chado. El sufri­miento al cual Puntos Cora­zón quiere apro­xi­marse no es más sola­mente aquel de la mise­ria de los barrios pobres, sino el de la sole­dad que se encuen­tra hasta en los luga­res más refi­na­dos como el dolor humano más extremo. En con­se­cuen­cia, Puntos Cora­zón hoy no se ins­tala sola­mente en los barrios pobres, sino tam­bién cerca de los hos­pi­ta­les, las uni­ver­si­da­des y escue­las, de orga­nis­mos y de empre­sas –en defi­ni­tiva, en todo lugar donde la sole­dad se mani­fiesta como un mal par­ti­cu­lar­mente des­truc­tor sobre el cual el Espí­ritu Santo quiere colo­car un bál­samo. Los volun­ta­rios, ini­cial­mente lla­ma­dos a vivir su misión por un tiempo limi­tado pueden de ahora en ade­lante, si se sien­ten lla­ma­dos, a con­sa­grar toda su vida a Dios en la Obra. En fin, no sola­mente los laicos pueden sumarse a la aso­cia­ción, sino tam­bién los sacer­do­tes. Sin rene­gar de nues­tra expe­rien­cia ini­cial –aque­lla de la vida com­par­tida en los barrios pobres- que sigue siendo el prin­ci­pio y el desa­rro­llo de nues­tra refle­xión, diría­mos que per­ci­bi­mos hoy nues­tra misión como una humilde par­ti­ci­pa­ción a la crea­ción de una «cul­tura de com­pa­sión» y que esta misión no com­pete sola­mente a los Amigos de los niños sino tam­bién a los miem­bros de la Fra­ter­ni­dad Maxi­mi­li­ano Kolbe y a todos aque­llos que, de una manera u otra, se deja­ron alcan­zar por el espí­ritu de la Obra, siendo que adh­ie­ran for­mal­mente o no.

Porque mueve y hace mover, un carisma pro­voca miedo. Da miedo a aquel que lo recibe, porque se siente con­ti­nua­mente sobre­pa­sado y porque, de una manera u otra, con­duce a la cruz. Da miedo a aquel de quien se apo­dera y que se pre­gunta hasta que punto su inte­li­gen­cia y su cora­zón ten­drán que ensan­charse, hasta que punto ten­drán que ofre­cer su vida a Dios. Da miedo a las auto­ri­da­des que con fre­cuen­cia temen a la nove­dad y la ponen a prueba recha­zán­dola, evi­tán­dola o invi­tán­dola a la dis­cre­ción, incluso al silen­cio. ¡La his­to­ria del Gól­gota que se renueva sin cesar!

De hecho, el carisma molesta como el niño que toma la mano de aque­llos que tanto que­rrían des­can­sar apa­ci­ble­mente, obli­gán­do­los a levan­tarse y reto­mar la aven­tura. Molesta como el bien suele moles­tar. Pero, ¡tanto mejor! Porque, dán­dose a la Igle­sia, el carisma la ayuda a seguir en movi­miento, a no enve­je­cer, a no ins­ta­larse en estruc­tu­ras que con fre­cuen­cia obs­ta­cu­li­zan al Espí­ritu Santo… La ayuda inci­tán­dola a pasar a la otra orilla y recor­dán­dole que Dios es ver­da­de­ra­mente el Maes­tro de todo.

Padre Thierry de Roucy

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