• 5 de junio de 2014
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Raquel: Mi primer mes de misión en Valparaíso.

“¡Ay esta Rosa! Es cuento de nunca acabar”, sus­pira la señora Rosa. Lo dice con una son­risa, como si estu­viera con­tando chis­tes en lugar de enu­me­rando sus varios pro­ble­mas de salud. Mien­tras ríe, la des­peina la brisa que entra por la ven­tana desde la que se ve el mar. Una vista her­mosa que da un toque alegre a la pequeña media­gua en la que vive.

La señora Rosa es una de nues­tras amigas del barrio. Sin más com­pa­ñía que un hijo, con pro­ble­mas de droga, que no puede estar pen­diente de ella, ha tenido que sopor­tar muchas difi­cul­ta­des. A los 69 años está obli­gada a vivir de lo que reúne al pedir limosna en las calles de Viña del Mar. Sufre de un reu­ma­tismo que mejora y empeora cons­tan­te­mente, lle­gando incluso a dejarla pos­trada por varios años. Tiene pro­ble­mas del cora­zón. Para fina­li­zar, hace 5 meses se rompió el brazo (se rodó unas esca­le­ras mien­tras pedía cari­dad), y hasta ahora no logra recu­pe­rarse. Nor­mal­mente uno de noso­tros se encarga de con­se­guirle una ambu­lan­cia y acom­pa­ñarle al hos­pi­tal para las con­sul­tas y tra­ta­mien­tos de sus dife­ren­tes dolen­cias.

Sin embargo, tiene una fe increí­ble. Durante la visita de esta tarde no deja de dar gra­cias a Dios por lo que tiene, no deja de sor­pren­der­nos por su ciega con­fianza en la Pro­vi­den­cia.

Nos levan­ta­mos para irnos y reco­rre­mos con difi­cul­tad el espa­cio que queda libre entre los dos col­cho­nes que ocupan casi todo el pequeño lugar. Eso, ropa vieja, elec­tro­do­més­ti­cos rotos y un balde para ser usado a manera de baño, es todo lo que hay en la casa. Como jardín delan­tero, un camino de tierra donde pare­ce­ría que esta acu­mu­lada toda la basura del barrio. Sali­mos por el sen­dero a la calle, pasando por una casa aban­do­nada donde los adic­tos se reúnen a todas horas. Ellos nos son­ríen y salu­dan. Noso­tros res­pon­de­mos y segui­mos nues­tro camino para visi­tar a otra abue­lita, otro enfermo, otro amigo.

Es difí­cil creer que ya es casi un mes que estoy aquí com­par­tiendo el día a día con los habi­tan­tes de Por­ve­nir Bajo. Es en este barrio donde habito en una casita con mis cinco her­ma­nos de comu­ni­dad. Con Benito y Hor­ten­sia, de Fran­cia; Fran­cisco, de Bél­gica; Inés, de Polo­nia; y Érica, de Tran­sil­va­nia somos “los tíos”. Es una expre­sión que se usa mucho en Chile para hablar con las per­so­nas mayo­res o a las que se tiene res­peto. Así que ahora soy la tía Raquel.

Vivo con los otros tíos en dos casi­tas peque­ñas que están en un mismo terreno. Tene­mos, además de cuar­tos y baños, una coci­nita, una salita y una capi­lla donde está el San­tí­simo Sacra­mento. Además, como muchas otras casas en el barrio, con­ta­mos con un serio pro­blema de pulgas.

Cam­biando un poco de tema, creo que no puedo mandar esta carta sin men­cio­nar los trá­gi­cos inci­den­tes por los que ha pasado Chile, prin­ci­pal­mente el incen­dio aquí mismo en Val­pa­raíso. Gra­cias a Dios el fuego no llegó al cerro donde habi­ta­mos y esta­mos bien. Sin embargo, no puedo negar que fue una expe­rien­cia angus­tiante ver las llamas crecer en los cerros del frente, siem­pre con el miedo de que, con la ayuda del viento, pudie­ran llegar hasta noso­tros. Fue difí­cil, pasar la noche sin tele­vi­sión o inter­net para man­te­ner­nos infor­ma­dos sobre si había o no peli­gro. Con todo, fue un apoyo muy grande el tener­nos los unos a los otros para acom­pa­ñar­nos durante la noche, que pasa­mos prác­ti­ca­mente en vela, como lo hubiera hecho cual­quier otra fami­lia.

Es impre­sio­nante ver la devas­ta­ción en los cerros que­ma­dos, encon­trarse con tantas fami­lias que han per­dido todo. Pero lo que quiero en rea­li­dad contar es que ha sido muy her­moso ver las mues­tras de apoyo de todo Chile. Aquí en la ciudad muchí­si­mos jóve­nes se han movi­li­zado para ayudar, casi todas las parro­quias son cen­tros de acopio (y están a punto de colap­sar por la can­ti­dad de cosas que reci­ben), y en los par­ques, las tien­das, los vidrios de los autos se puede leer en letras enor­mes “FUERZA VALPO”. No se ha vivido los acon­te­ci­mien­tos como una tra­ge­dia, sino con mucha espe­ranza y soli­da­ri­dad.

Raquel, Punto Corazón de Valparaíso

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