• 31 de mayo de 2011
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¡Santo Súbito!

Luigi, de 20 años, estu­diante de dere­cho, es téc­nico del equipo de futbol orga­ni­zado por Patrick Felici, miem­bro per­ma­nente de Puntos Cora­zón en Nápo­les. Con un grupo de amigos deci­dió acom­pa­ñar­nos a la bea­ti­fi­ca­ción de Juan Pablo II en Roma. La par­tida a las 3.00 de la madru­gada de Nápo­les, los tres millo­nes de per­so­nas anun­cia­das, la orga­ni­za­ción impro­ba­ble que no per­mite siquiera estar segu­ros de ver o escu­char algo, son tantos obs­tácu­los sico­ló­gi­cos que los cien­tos miem­bros del viaje tuvie­ron que vencer. Pero para Luigi y sus amigos la difi­cul­tad es poca cosa frente a nues­tra deuda con el Papa Wojtyla… Nos confía sus moti­vos:

Vin­cent Billot: ¿Por qué te deci­diste a acom­pa­ñar­nos a Roma?

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Luigi, amigo de la comunidad de Afragola

Luigi d’Anto: ¡Por curio­si­dad! Por pri­mera vez en mi vida voy a vivir en vivo una expe­rien­cia con toda la Igle­sia repre­sen­tada por esta muche­dum­bre. Quiero vivir eso porque si bien no tuve la opor­tu­ni­dad de encon­trarme con Juan Pablo II, me siento ligado a él de muchas mane­ras. Cada vez que lo veía por tele­vi­sión, que leía sus char­las, sus homi­lías, que veía una pelí­cula o repor­taje sobre él, siem­pre sentí que me pasaba algo grande. Es un poco lo que me voy a buscar en Roma: expe­ri­men­tar de nuevo, con toda la muche­dum­bre de los segui­do­res y de los amigos de Juan Pablo II, este sen­ti­miento de ser, por medio de él, reli­gado a algo mucho más grande, más bello que todo lo que ya conozco. En cuanto hincha del “Na­poli”, ya viví emo­cio­nes fan­tás­ti­cas en esta­dios re-contra-llenos… Pero ¡lo que vamos a ver en Roma es de otro nivel! La Igle­sia nos con­voca, no temo nada, ni el hora­rio, ni la muche­dum­bre, ni las moles­tias, lo ofrezco feliz para agra­de­cer a Juan Pablo II.

V.B.: ¿Qué más te llamó la aten­ción en su per­sona?

L.D’A.: Este hombre lle­vaba en él un mis­te­rio grande. En gene­ral, la gente que me habla de mila­gros, o de no sé qué cosa increí­ble, me alejan de la Igle­sia más que me acer­can de ella. Con Juan Pablo II, sentí a menudo el sen­ti­miento de qué algo me ponía en con­tacto con el Mis­te­rio, con algo sobre­na­tu­ral, hasta en su aspecto físico, algo como una paz pro­funda que nunca más per­cibí en otra per­sona. ¡Su muerte tam­bién fue un momento espe­cial! La muerte de un cer­cano siem­pre es un momento espe­cial. Con él me pare­ció que se daba vuelta una página de nues­tra his­to­ria, el fin de un ciclo.


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