• 15 de marzo de 2013
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Senegal: «el rostro de la humanidad»

Alejandra y Celestine

Ale­­ja­n­­dra M., recien­te­mente miem­bra de la comu­ni­dad de Val­pa­raíso, nos com­parte su misión en el Punto Cora­­zón Sta. Mónica-Dakar

El otro día iba en un taxi, de repente un sen­­ti­­miento extraño me inva­­dió, no me sentí cómoda via­­jando en él, me dio la sen­­sa­­ción de turista, como una dis­­ta­n­­cia, una leja­­nía con el pueblo sene­­ga­­lés. ¿Qué hago acá? El taxi se queda parado un ins­­tante a causa del trá­­fico sobre la ruta, vi muchas muje­­res sen­­ta­­das cada una con su puesto de venta, una de ellas con su seno des­­nudo y un niño pequeño, des­­nudo a su lado, ella se queda con el seno al aire pues el niño puede ir cuando quiere a tomar el seno de su madre, yo me quedé mirá­n­­do­­les, en un momento me di cuenta que así como yo miraba al niño con el seno de su madre, de la misma manera la madre me miraba a mí. Una mirada que me hizo huir ense­­guida, una mirada y un entorno como el de Rou­­blev que vio el rostro de la huma­­ni­­dad con sus trazos de fea­l­­dad y de belleza, un rostro sin espe­­ranza en donde la mirada era un pedido, una súplica.

La res­­puesta a qué hago acá se volvió una evi­­de­n­­cia, no sólo la mirada de aque­­lla mujer pero la de todas las que encue­n­­tro infi­­ni­­ta­­mente en la calle, mira­­das de todo tipo que me sacu­­den, que me ponen enfrente de una rea­­li­­dad de la cual no puedo huir, y no quiero huir. No puedo abra­­za­r­­los a todos, no puedo res­­po­n­­der a cada súplica, soy dema­­siado pequeña y no tengo tanta fuerza; pero si pido la gracia a Dios de que al menos pueda res­­po­n­­der a aque­­llas que me da cada día. Res­­po­n­­der con gene­­ro­­si­­dad, dis­­po­­ni­­bi­­li­­dad, ale­­gría a mis her­­ma­­nos de comu­­ni­­dad, a las fami­­lias que visito y a los niños que día y noche tocan a la puerta. Si yo res­­pondo a cada mirada de súplica que me es dada y si mi vecino, o mi amigo o mi her­­mano res­­ponde a cada súplica que le es dada, fina­l­­mente se cum­­plirá lo que Madre Teresa de Cal­­cuta dijo una vez: “Estas son mis 100 per­­so­­nas a quien doy de comer, ¿dónde están las tuyas?”.

Tal vez un día ya no veré estas mira­­das de súplica y de pedido. Tal vez un día ellas serán col­­ma­­das y la mía tam­­bién.


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