• 16 de mayo de 2017
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Stephi en Cuba

Hace un tiempo volví de una pequeña misión que hice en el Punto Cora­zón de la Habana. A pesar de que tan solo estuve 10 días, este tiempo fue como una pequeña escuela del amor donde detrás de cada visita y de cada rostro que conocí quedó en mi cora­zón una ale­gría infi­nita.

La comu­ni­dad de la Habana estaba for­mada por 4 per­so­nas: Gimet, Kasia, Cla­rita y la Her­mana María. En el poco tiempo que estuve, ellas se encar­ga­ron de pre­sen­tarme a muchos de sus amigos. Entre los luga­res que ellas fre­cuen­ta­ban estaba un hogar para per­so­nas dis­ca­pa­ci­ta­das y un hogar para abue­li­tas. De estos 2 luga­res les con­taré un poco.

En el hogar de abue­li­tas conocí a Teresa, una mujer de avan­zada edad que cami­naba con la ayuda de un burrito. A ella le encan­taba que la escu­cha­ran y que más bien pasa­ran todo el tiempo de la visita a su lado. Apenas nos veía llegar, nos pedía rezá­ra­mos junto a ella.

Mien­tras rezá­ba­mos Teresa empe­zaba a nom­brar a todas las per­so­nas por las que quería rezar, nadie se le esca­paba, desde la per­sona que hacía aseo en el hogar hasta su com­pa­ñera de pieza. Teresa tenía cierta demen­cia senil, lo que hacía que nom­brara una y otra vez los mismos nom­bres, se eno­jaba mucho cuando olvi­daba un nombre. Luego de un rato la situa­ción se tor­naba un poco repe­ti­tiva. La verdad es que nadie se esca­paba, pero entre tantos nom­bres , el que ella nunca dijo fue Teresa. Esta mujer me hizo pensar en cuan­tas veces noso­tros reza­mos o le pedi­mos a Dios por nues­tros pro­yec­tos, por nues­tras preo­cu­pa­cio­nes , en fin por noso­tros mismos, pero nos olvi­da­mos de rezar por aque­llos que nos encon­tra­mos a diario en los estu­dios y en el tra­bajo, quie­nes quizás están pasando por momen­tos más difí­ci­les que noso­tros y cega­dos por nues­tros pro­ble­mas no somos capa­ces de siquiera pensar en ellos. Sin duda la ora­ción de esta mujer y la de muchas de abue­li­tas que vivían en este hogar son un regalo y sostén para muchos.

En el hogar para per­so­nas dis­ca­pa­ci­ta­das conocí a 2 per­so­nas muy bellas. La pri­mera fue una mujer de unos 40 años que se encon­traba en silla de ruedas. Ella no hablaba, sola­mente hacía gemi­dos. Me puse a con­ver­sar con ella en cucli­llas, a pesar de que ella no modu­laba pala­bras asen­tía con soni­dos y de vez en cuando me devol­vía una pequeña son­risa, yo no sabía si me enten­día lo que yo le decía pero al pare­cer sí nos comu­ni­cá­ba­mos. Luego de un rato mis pier­nas se can­sa­ron y tuve que pararme, no sé como pero esta mujer sacó una fuerza increí­ble y me agarro del brazo y me sentó en una silla al lado de ella para que siguié­ra­mos con­ver­sando. Estaba claro, ella sí me enten­día y más aún sabía per­fec­ta­mente lo que yo sentía.

La segunda per­sona que conocí fue un hombre que tam­poco hablaba y tam­bién se encon­traba en silla de ruedas. De forma fre­né­tica nos hacía gestos y gemi­dos para comu­ni­carse con noso­tras. Luego de un rato nos dimos cuenta que quería saber mi nombre y el de Gimet. A pesar de que se lo decía­mos una y otra vez el bus­caba entre sus cosas para que se lo ano­tá­ra­mos. Por un momento nos tuvi­mos que sepa­rar de él y antes partir a casa nos des­pe­di­mos de él y entre sus dedos tenía una pequeña flor que apenas podía sos­te­ner en la punta de sus dedos, él estaba espe­rando para rega­larme la flor. Luego de que me la dio él tenía una her­mosa son­risa y no paraba de ale­grarse y de moverse para todas partes, era ver como un niño.

Me sentí muy que­rida por todas las per­so­nas que conocí en Cuba, partir no fue fácil porque si o si parte de mi cora­zón se quedó allá. Me ena­moré de la infi­nita ale­gría de los cuba­nos ,de las risas y de la bella mirada que tienen sobre vida, donde a pesar de los gran­des sufri­mien­tos y pro­ble­mas que los aque­jan, logran aco­ger­los y encon­trar en ellos la bondad de Dios.

Stephanie Bartelt


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