• 21 de agosto de 2018
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Stephi en Uruguay

Testimonio de Stephi y sus días en el Punto Corazón de Montevideo, Uruguay

Para estas vaca­cio­nes de invierno recibí un invi­ta­ción excep­cio­nal, pasar 3 sema­nas en el Punto Cora­zón San Fran­cisco de Asís en Uru­guay. Cuando se recibe una invi­ta­ción así, créanme que lo mejor que se puede hacer es acep­tar tal her­moso regalo que estas a punto de reci­bir. A con­ti­nua­ción les con­taré un poco sobre el tiempo que ahí pasé y sobre algu­nos amigos que conocí.

El Punto Cora­zón San Fran­cisco de Asís se ubica en el barrio La Valleja, en las afue­ras de Mon­te­vi­deo. Así como muchas de nues­tras casas, este Puntos Cora­zón está loca­li­zado en un barrio mar­gi­nado social­mente y aque­jado por vio­len­cia, con­sumo de drogas y alcohol. Pero quiero decir­les que detrás de todos estos dolo­res y sufri­mien­tos hay en esas calles y esas casi­tas amigos que fueron mis maes­tros y mi luz para el camino, ellos fueron quie­nes que me ense­ña­ron a amar y a reír.

En la casa en que vivía había una comu­ni­dad mayo­ri­ta­ria­mente lati­noa­me­ri­cana. Ber­nardo de Boli­via , Alexis de Perú, Denise de Argen­tina, Leyla de Uru­guay y Sofía de Costa Rica. No esta demás decir todos los pro­ble­mas que tiene Chile con los pri­me­ros países, pero créanme que si Dios ahí nos juntó fue para vivir algo más grande que peleas absur­das por el mar, el Pisco o la Pata­go­nia. Estos chicos fueron mi fami­lia y de quie­nes tam­bién aprendí muchí­simo.

El día en Uru­guay era intenso, a decir verdad no pará­ba­mos, entre amigos que toca­ban la puerta y los guri­ces (niños en Uru­guay) que lle­ga­ban a bus­car­nos para jugar al futbol. – Ehhh Boli­via, Perú - gri­ta­ban en la puerta para salir a jugar. El día comen­zaba en la capi­lla, des­pués tomá­ba­mos el desa­yuno con un riquí­simo pan casero con dulce de leche y luego seguía la ado­ra­ción durante la mañana. Algu­nos se encar­ga­ban de las com­pras de la feria y del super­mer­cado. Para el almuerzo en algu­nas oca­sio­nes invi­tá­ba­mos a algu­nos amigos a almor­zar por la cele­bra­ción de su cum­plea­ños o sim­ple­mente para com­par­tir con ellos. Si hacía buen tiempo cerca de las 15:30 comen­zá­ba­mos a rezar el Rosa­rio por las calles mien­tras nos apron­tá­ba­mos a las casas que visi­ta­ría­mos.

Una de las pri­me­ras amigas que visité fue a Carmen y su esposo. Ella era maes­tra jubi­lada y los domin­gos tocaba el piano en las Misas. La tarde en su casa pasaba muy rápida entre mates y risas. Su pre­sen­cia para mí era algo excep­cio­nal. ¡Que ale­gría y amor bro­taba de su mirada a pesar de las penas que estu­viera viviendo! En esta casa te sen­tías pro­fun­da­mente amado y que­rido. Creo que no hay pala­bras para expre­sar el cariño que sen­tías de ella, incluso para mí a quien cono­cía hace muy poco. Muchas veces cuando pasá­ba­mos por su casa esta­ban sus nietos y ellos le pre­gun­ta­ban– ¿Abuela por qué siem­pre hay gente en la casa?¿Por qué siem­pre viene a verte tanta gente?-, ella les res­pon­día con una son­risa. Las pre­gun­tas de estos peque­ños eran la evi­den­cia de que quien entra­ban en esta casa expe­ri­men­ta­ban lo mismo que yo viví, una expe­rien­cia excep­cio­nal. Sin duda fue una de las des­pe­di­das más tris­tes, mis ojos se lle­na­ron de lágri­mas cuando le dije que par­ti­ría mañana. Ella me abrazó y me dijo -Tú tienes que volver, porque tene­mos que coci­nar el Char­qui­cán que pro­me­tiste-.

Otra amiga muy que­rida que conocí fue a Silvia. Ella fue a la pri­mera Uru­guaya que conocí y de la última que me des­pedí antes de tomar el auto para el aero­puerto. Silvia vivía al frente de nues­tra casa, de allí yo sentía como nos cui­daba y nos vigi­laba, ella era nues­tra madre. Más de alguna vez nos gana­mos sus buenos retos por ton­te­rías que hacía­mos. A pri­mera vista quizás podía pare­cer una mujer dura pero su cora­zón cier­ta­mente estaba hecho de oro.

Final­mente creo que nadie pasa por este Punto Cora­zón sin cono­cer a la fami­lia Apa­ri­cio, una fami­lia gigante. Gladys y su marido tuvie­ron 18 hijos, ¡ima­gí­nense la can­ti­dad de nietos y bis­nie­tos que tienen! En esta casa me tome los mejo­res mate, comí las mejo­res tortas fritas y empa­na­das de Uru­guay. Dentro de sus 18 hijos con quie­nes más com­partí fue con Cachulo, Gerardo y Karina. Ellos fueron mis maes­tros de la cul­tura y música uru­guaya. Las tardes que pasá­ba­mos ahí eran de gui­ta­rreos de música uru­guaya, argen­tina, peruana, boli­viana o chi­lena. Siem­pre había algo por que cantar y si no era música de nues­tros países siem­pre era posi­ble tocar los hits lati­noa­me­ri­ca­nos parro­quia­nos.

Ya en estos casi 3 años que tiene este Punto Cora­zón ya se siente el gran cariño del barrio a los chicos y como día a día van flo­re­ciendo nuevas amis­ta­des y nuevos encuen­tros. Todos los días hay una nove­dad, algo nuevo de qué sor­pren­derse! Quiero decir­les que durante el tiempo que pase en Uru­guay me sentí pro­fun­da­mente que­rida y muy feliz. No puedo negar que parte de mí cora­zón se quedó allá y que aún hay ros­tros que me vienen y van durante el día. No puedo hacer más que darle gra­cias a Dios por el bello tiempo que pude com­par­tir tanto con los misio­ne­ros y con los amigos del barrio, ya que ellos fueron mis maes­tros y mi luz durante estos 23 días.


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