• 22 de julio de 2010
es

Testimonio de una visita en la cárcel

Cárcel de Valparaíso

Desde que lle­ga­mos a Val­pa­raíso, hemos comen­zado a visi­tar la cárcel. El último sábado visi­ta­mos un módulo que hacía tiempo no lo hacía­mos. Al llegar F., un amigo de allá, me pre­guntó: "Ale ¿tú crees que Dios envía ánge­les en los momen­tos que uno más nece­sita?" Yo res­pondí que sí. El res­pon­dió: "Yo lo creo igual porque justo antes de que lle­ga­ran uste­des el ambiente acá estaba tenso, las mira­das malas, los insul­tos y las peleas rei­na­ban, pero lle­ga­ron uste­des y veo como una paz, todo está quieto ahora. ¡Qué bueno que vinie­ron!"

Des­pués nos fuimos al modulo 110 donde tene­mos un gran amigo. El nos alegra la mañana con su son­risa y su pre­sen­cia. Y noso­tros a él. La amis­tad, es reci­proca. H. nos com­par­tía que en su vida, desde niño había visto solo ladro­nes y tra­fi­can­tes a su alre­de­dor, este era su mundo, enton­ces para él era normal. Además fran­ca­mente nos com­par­tía que ser ladrón era lo que reque­ría menos esfuer­zos. Encon­tró a Cristo real­mente en la cárcel a través de los nume­ro­sos encuen­tros que hemos tenido. Este Dios lejano se empe­zaba a volver con­creto, real, a tener un rostro.

Nos decía: "Cuando vinie­ron la última vez yo estaba cerrado en mis ideas y por eso los con­tra­dije y me peleé dicién­do­les que no se podía ser feliz acá aden­tro. Hoy puedo decir­les que tenían razón, porque yo soy feliz, he comen­zado a poner en prác­tica lo que me dije­ron acerca de los peque­ños actos hechos por amor. El otro día di un pan a alguien, espe­rando nada a cambio, solo por amis­tad y me di cuenta que todo cambió".

Al final del encuen­tro, Luis anun­ció su deseo de ser sacer­dote, todos esta­ban feli­ces y H. nue­va­mente tomó la pala­bra: "Solo le pido algo, nunca se olvide de noso­tros, nunca deje de visi­tar la cárcel, porque acá, muchos espe­ra­mos una pala­bra de aliento, muchos des­cu­bri­mos a Cristo en la cárcel".

Hace­mos la expe­rien­cia de bellos tes­ti­mo­nios allí, cada vez, pero sin negar que muchas veces nos parezca difí­cil ir, tene­mos nues­tros com­ba­tes. Pero tam­bién pode­mos decir que sali­mos reno­va­dos de este lugar dicién­do­nos que vale la pena ver­da­de­ra­mente ir aunque sea sola­mente por uno.

Alejandra M.

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