Benjamín, que en pocos días estará de vuelta a Chile nos comparte unas experiencias conmovedoras de su misión en Lima.
"Hace poco fuimos un domingo a la casa de unos amigos para cuidar a sus hijos que se quedaban solos por la mañana porque la mamá tenía un retiro y el papá trabajaba. Son tres, el menor de 7 años, el del medio, Martín, que tiene como 10 y sufre de síndrome de Down y autismo y la mayor de 16. Fue un domingo muy sencillo, muy normal, en familia. Almorzamos juntos y en la mañana el mas chico dormía, Martín estaba en su cama y la mayor estudiaba. Al otro día, su mamá nos contó que para su hija había sido el mejor día de su vida y me quedé pensando en esto. No había sido ningún gran paseo ni nada extraordinario, pero en lo más simple de quedarse en la casa fue el mejor día de la vida. Pienso que así era para la virgen María; era tan sencilla que no había un día más bueno o uno peor, siempre «hoy» era bello.
Hace poco me pasó una anécdota que les quiero contar. Fuimos a misa a la parroquia de Miraflores porque luego íbamos a la despedida de un amigo francés que vino a estudiar a Lima. Al final de la misa, me arrodillé en la banca y me quedé rezando un rato. Charlotte, que estaba al lado mío me contó que de los primeros asientos se levantó un señor con síndrome de down y me miró fijamente y se fue directo hacia mí que estaba sentado más atrás. Yo estaba con los ojos cerrados rezando y en eso siento que alguien me abraza fuertemente y me da un fuerte beso en la mejilla y rápidamente me doy cuenta que es este señor y lo abracé también como un poco incómodo. Luego me dio otro beso y se fue. Después yo les decía en broma a mis hermanas de comunidad que justo en ese momento estaba pidiéndole a Dios que me demostrara su amor y bueno, ya ven el resultado. Pero fuera de bromas, siento que fue un abrazo de Cristo."
