• 16 de agosto de 2012
es

Un bálsamo sobre tantas heridas

El Buen Samaritano. del Padre Pablo Crochat

Con motivo de la pri­mera cena a bene­fi­cio de Puntos Cora­zón Argen­tina, que se rea­lizó el 28 de junio pasado en Buenos Aires, nues­tro fun­da­dor nos escribe:

"Poco antes de su par­tida defi­ni­tiva hacia el campo de Wes­ter­bock (Holanda), Etty Hille­sum coloca entre las manos de su amiga Marie Tuin­zing los cua­der­nos en los que, desde el sábado 8 de marzo de 1941 al domingo 11 de octu­bre de 1942, había escrito su diario. Son pági­nas increí­bles por su auten­ti­ci­dad y pro­fun­di­dad, que espe­ra­ron cua­renta años antes de ser publi­ca­das.

El primer cua­derno comienza con una cierta con­fu­sión. Ella habla de «su sen­ti­miento infi­nito de sole­dad (...), de incer­ti­dum­bre, de angus­tia», pre­siente que «la vida es terri­ble­mente difí­cil», se pre­senta como «muy inh­i­bida y poco segura de sí». Un año y medio más tarde, ese mismo diario se ter­mina en apo­teo­sis con esta frase: «desea­ría ser un bál­samo derra­mado sobre tantas heri­das». Exis­ten las heri­das ini­ma­gi­na­bles de todos aque­llos que son envia­dos en los campos de trán­sito, ya sea en los Países Bajos o en otros luga­res, y que espe­ran su par­tida para Aus­ch­witz.. Pero «poco a poco toda la super­fi­cie de la tierra no será más que un inmenso campo de con­cen­tra­ción, y nadie o casi nadie, podrá vivir fuera de él» (11 de julio de 1942). Tal vez la tierra entera ya lo sea... porque don­de­quiera que haya un hombre, hay un punto negro, un lugar de sufri­mien­tos sin fin.

¿Qué es lo que con­viene hacer? De hecho, nadie lo sabe... Milla­res de panes o de techos, milla­res de vacu­nas o de ONGs nos deja­rían aún con tantas mise­rias... Y exis­ten además los males que no se con­sue­lan ni con el dinero, ni con el saber, ni con la salud: la sole­dad, la angus­tia, el sin sen­tido. Sólo pode­mos vencer dicha situa­ción, si aban­do­na­mos la refle­xión sobre el «hacer», o más bien si com­pren­de­mos, como lo hizo Etty, que «nues­tro ‘hacer’ tiene que con­sis­tir en ‘ser’.» Y es verdad: porque el ser, es el Espí­ritu; el Espí­ritu, es el cora­zón; el cora­zón, es el amor.

Por lo tanto, como todos tene­mos un cora­zón –ya que no hay vida sin cora­zón- la misión de con­so­la­dor es una misión uni­ver­sal. Se es inge­niero para pro­gra­mar, sin lugar a dudas, pero tam­bién para «derra­mar un bál­samo sobre tantas heri­das…», se es pintor o escri­tor (como quería serlo Etty) no sola­mente para pro­du­cir obras, sino tam­bién, de manera espe­cial, para con­so­lar a aque­llos a quie­nes las obras están des­ti­na­das. Es por eso que no pode­mos com­prar un libro o un cuadro como se com­pran toma­tes o herra­mien­tas. La compra de una obra de arte es el fruto de una mirada, de una com­pli­ci­dad, de una pasión… Ele­gi­mos con emo­ción aque­lla que va a vivir con noso­tros, la ele­gi­mos como se elige a un amigo. Esco­ge­mos la obra, pero tam­bién al artista con sus sufri­mien­tos y sus ori­gi­na­li­da­des, con sus locu­ras y sus amores. Y más aún, junto con la obra y el artista, ele­gi­mos acoger al pueblo que habita la obra: un pueblo que sufre, que ama o que tra­baja... un pueblo sumer­gido en la noche como en un sub­te­rrá­neo de Kiefer o cubierto de heri­das como en un poema de Celan.

La obra me con­suela: si estoy triste, escu­cho algu­nos con­certi para reto­mar fuer­zas; deses­pe­rado, vuelco mi mirada sobre el cuadro aco­ge­dor de mi escri­to­rio para com­pren­der que no estoy solo... Y cuando no hay nadie a mi alre­de­dor, o cuando las pala­bras de los hom­bres aumen­tan mi males­tar como las de los amigos de Job, nece­sito esas pre­sen­cias silen­cio­sas para saber que mi alma no está soli­ta­ria ni ha sido lan­zada a los infier­nos, para saber que soy infi­ni­ta­mente amado.

Puede ocu­rrir tam­bién que en mi casa yo intro­duzca, cual una pobre viuda, cua­dros tris­tes para ser con­so­la­dos, músi­cas vio­len­tas para inten­tar hacer­las son­reír, poemas llenos de muerte para resu­ci­tar­los... Hay noches en las que mi casa está tan llena de esas viudas, de esos pri­sio­ne­ros, de esos locos, que sólo hay lugar para Dios.

La amis­tad es un inter­cam­bio... La obra de arte derrama su bál­samo sobre nues­tras heri­das y noso­tros derra­ma­mos nues­tro bál­samo sobre las heri­das de la obra de arte. Es la tarea esplén­dida y recí­proca del hombre y del arte."

P. Thierry de Roucy

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