• 14 de agosto de 2010
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Un día en Valparaíso...

Alejandra con Bernardito y Noelia. febrero del 2008

Hace casi tres años la casa de Puntos Cora­zón «San Alberto Hur­tado» abrió sus puer­tas empe­zando una misión de com­pa­sión hacia las per­so­nas más nece­si­ta­das de Por­ve­nir Bajo – Playa ancha. Ahí viven cinco jóve­nes María de Ale­ma­nia, Can­dela y Ale­jan­dra de Argen­tina, y tam­bién Luis y Natan de Fran­cia. Can­dela nos cuenta:

"Vamos todos los días a visi­tar la gente del barrio, quie­nes espe­ran mucho por esta visita como el único momento de la semana donde se encuen­tran con amigos.

La ora­ción marca el ritmo de nues­tro día. Todo empieza con la ora­ción de la Igle­sia, las laúdes, luego, sigue el desa­yuno. Y a lo largo de la mañana inten­ta­mos guar­dar una acti­tud de silen­cio, cada uno tomando una hora de ado­ra­ción al San­tí­simo en la pequeña capi­lla de la casa, fuente y sen­tido de nues­tra misión. Es el impulso coti­diano para ir al encuen­tro de nues­tros amigos, intro­du­cir­nos y com­par­tir su vida en sus casas con sus fami­lias, ali­via­nar un poco el peso de una vida que para algu­nos sigue muy pesada. Des­pués de almuerzo, invi­ta­mos a todos quie­nes quie­ran rezar el Santo rosa­rio y con­fiar así a la Virgen todas sus inten­cio­nes, pidiendo la fuerza para poder seguir ade­lante.

En la tarde de la comu­ni­dad se dedica por una parte a los niños y por otra a visi­tar los amigos del barrio. ¿Y cómo nos encon­tra­mos con ellos? Es simple, en las calles cuando regre­sa­mos de la misa, en la cárcel cada vier­nes o sábado, en nues­tro hogar com­par­tiendo un tesito o sim­ple­mente cuando vienen de paso, acom­pa­ñán­do­los al médico o jugando con los niños.

Muchas veces la Pro­vi­den­cia nos hace encon­trar per­so­nas ines­pe­ra­das más allá de todos nues­tros planes. Como lo decía una amiga del barrio que esta pos­trada hace ya más de cuatro años -"Solo le pido a mi Dio­sito amigos, porque como estoy no tengo nin­guno y mi Dio­sito me los trae aquí"-, refi­rién­dose a nues­tra pre­sen­cia; es por esto que no pode­mos dejar de ofre­cer nues­tra nada para amar­los pro­fun­da­mente.En el don tan simple de la amis­tad, de la pre­sen­cia y la escu­cha, es el mismo Cristo quien nos pide auxi­lio ante tanta sole­dad y pobreza, pero a la vez es Él quien nos revela el amor que nos tiene en cada encuen­tro.

Al final de la tarde, nos encon­tra­mos con toda la comu­ni­dad y unos amigos para las Vís­pe­ras (ora­ción de la Igle­sia) y des­pués nos diri­gi­mos todos hacia la Igle­sia parro­quial para la misa, acom­pa­ña­dos gene­ral­mente por unos niños deseo­sos de encon­trar a Jesús en la Euca­ris­tía. La once llega como momento pri­vi­le­giado para hablar de los amigos y de los encuen­tros del día. Y así el día se ter­mina con una ora­ción donde pedi­mos perdón por lo que fal­ta­mos y nos equi­vo­ca­mos, como tam­bién con­fia­mos a Dios la vida de los amigos. Pau­la­ti­na­mente entra­mos en el silen­cio de la noche, llenos de estos ros­tros y encuen­tros que pre­sen­ta­mos a Dios como última ofrenda."


Mickael, gran amigo y vecino del Punto Corazón Valparaíso desde Playa Ancha al atardecer
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