Hace casi tres años la casa de Puntos Corazón «San Alberto Hurtado» abrió sus puertas empezando una misión de compasión hacia las personas más necesitadas de Porvenir Bajo – Playa ancha. Ahí viven cinco jóvenes María de Alemania, Candela y Alejandra de Argentina, y también Luis y Natan de Francia. Candela nos cuenta:
"Vamos todos los días a visitar la gente del barrio, quienes esperan mucho por esta visita como el único momento de la semana donde se encuentran con amigos.
La oración marca el ritmo de nuestro día. Todo empieza con la oración de la Iglesia, las laúdes, luego, sigue el desayuno. Y a lo largo de la mañana intentamos guardar una actitud de silencio, cada uno tomando una hora de adoración al Santísimo en la pequeña capilla de la casa, fuente y sentido de nuestra misión. Es el impulso cotidiano para ir al encuentro de nuestros amigos, introducirnos y compartir su vida en sus casas con sus familias, alivianar un poco el peso de una vida que para algunos sigue muy pesada. Después de almuerzo, invitamos a todos quienes quieran rezar el Santo rosario y confiar así a la Virgen todas sus intenciones, pidiendo la fuerza para poder seguir adelante.
En la tarde de la comunidad se dedica por una parte a los niños y por otra a visitar los amigos del barrio. ¿Y cómo nos encontramos con ellos? Es simple, en las calles cuando regresamos de la misa, en la cárcel cada viernes o sábado, en nuestro hogar compartiendo un tesito o simplemente cuando vienen de paso, acompañándolos al médico o jugando con los niños.
Muchas veces la Providencia nos hace encontrar personas inesperadas más allá de todos nuestros planes. Como lo decía una amiga del barrio que esta postrada hace ya más de cuatro años -"Solo le pido a mi Diosito amigos, porque como estoy no tengo ninguno y mi Diosito me los trae aquí"-, refiriéndose a nuestra presencia; es por esto que no podemos dejar de ofrecer nuestra nada para amarlos profundamente.En el don tan simple de la amistad, de la presencia y la escucha, es el mismo Cristo quien nos pide auxilio ante tanta soledad y pobreza, pero a la vez es Él quien nos revela el amor que nos tiene en cada encuentro.
Al final de la tarde, nos encontramos con toda la comunidad y unos amigos para las Vísperas (oración de la Iglesia) y después nos dirigimos todos hacia la Iglesia parroquial para la misa, acompañados generalmente por unos niños deseosos de encontrar a Jesús en la Eucaristía. La once llega como momento privilegiado para hablar de los amigos y de los encuentros del día. Y así el día se termina con una oración donde pedimos perdón por lo que faltamos y nos equivocamos, como también confiamos a Dios la vida de los amigos. Paulatinamente entramos en el silencio de la noche, llenos de estos rostros y encuentros que presentamos a Dios como última ofrenda."


