• 15 de junio de 2017
es

Una linda razón para la esperanza

Flo­­re­n­­cia en misión en Brasil nos com­­parte desde su expe­­rie­n­­cia, el sen­­tido pro­­fundo del perdón:

El con­­texto en el que cre­­cie­­ron y viven nue­s­­tros amigos fue en gene­­ral muy difí­­cil. La pri­­mera ten­­ta­­ción es juzgar sus accio­­nes, pero noso­­tros no vini­­mos para eso. Creo que nue­s­­tra pri­n­­ci­­pal tarea acá es per­­mi­­tir que todas estas per­­so­­nas expe­­ri­­me­n­­ten -sie­m­­pre desde nue­s­­tra limi­­ta­­ción humana- el perdón de Dios, y en ese perdón el gran amor que Él nos tiene. ¿Y cómo es ese perdón? Para defi­­nirlo les com­­parto unas pala­­bras de Don Giu­s­­sani: “pe­r­­do­­nar quiere decir afi­r­­mar, debajo de toda la impu­­reza, aque­­llo que de ver­­da­­dero y de justo, de bueno y de bello, de ser, existe en el otro”. Pude apre­n­­der algo de esto con nue­s­­tra amiga Jaque­­line. La conocí el día que llegué a Brasil, cuando llegó borra­­cha a nue­s­­tra casa para pedir un café. Des­­pués de ese primer encue­n­­tro la vi casi todos los días en la calle, sie­m­­pre en el mismo estado. Un día pasó por la casa a con­­ta­r­­nos que estaba emba­­ra­­zada desde hacía 3 meses. Para noso­­tros fue muy duro porque sabía­­mos todo lo que había bebido, pero bus­­ca­­mos ayu­­darla y aco­m­­pa­­ñarla. Un día vol­­vi­­mos de un des­­canso (tene­­mos un día fuera del barrio cada semana) y Luci­­mari me contó que Jaque­­line había pasado para con­­ta­r­­nos que había per­­dido a su bebé. Des­­pués de eso, desa­­pa­­re­­ció. Ya no lle­­gaba a nue­s­­tra casa ni la enco­n­­trá­­ba­­mos en la calle, y no tenía­­mos cómo comu­­ni­­ca­r­­nos. Empe­­za­­mos a preo­­cu­­pa­r­­nos por ella… Su nombre empezó a apa­­re­­cer más en nue­s­­tras ora­­cio­­nes. Pasó cierto tiempo hasta tomar con­­cie­n­­cia de su ause­n­­cia en el barrio, y ento­n­­ces nos deci­­di­­mos a enco­n­­trarla. Para esto tuvi­­mos que hablar con muchos de sus amigos, todos esos que muchas veces cru­­zá­­ba­­mos por la calle, pero nunca nos dete­­nía­­mos a hablar por causa de su embria­­guez. Uno de ellos nos buscó un día para con­­ta­r­­nos que Jaque­­line estaba en Sal­­va­­dor con su mamá. Inte­n­­ta­­mos con­­ta­c­­tarla pero no con­­se­­gui­­mos, y el deseo de enco­n­­trarla seguía cre­­ciendo en nue­s­­tro cora­­zón. Un día está­­ba­­mos en nue­s­­tra casa, y escu­­cha­­mos a uno de los amigos de Jaque­­line que nos gri­­taba que ella había vuelto. Con­­ta­r­­les todo lo ante­rior cobra sen­tido en este momento. Estoy sor­­pre­n­­dida por la ale­­gría que sen­­ti­­mos al verla y cómo corri­­mos a abra­­zarla. Sin pen­­sarlo hici­­mos como en la pará­­bola y le ofre­­ci­­mos lo mejor que tenía­­mos para comer y tomar. Si hubiera depe­n­­dido de mí, quizás mi pri­­mera rea­c­­ción habría sido juz­­garla dura­­mente por esa vida que se perdió. Sin embargo Dios me dejó sentir un poco del amor que Él siente por todos. Ente­n­­der que Dios nos ama con un amor tan grande, tan tota­­li­­zante, capaz de mira­r­­nos por lo que somos y no por lo que hici­­mos, ¿no es una linda razón para la espe­­ranza?

“Y leva­n­­tá­n­­dose, fue a su padre. Y cuando toda­vía estaba lejos, su padre lo vio y sintió com­pa­sión por él, y corrió, se echó sobre su cuello y lo besó”. (Lc. 15, 20)


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