• 4 de julio de 2018
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Una oportunidad para volver al corazón de niño

Tercera carta de Natalia, de misión en Salvador de Bahia, Brasil

Los niños del barrio son nues­tros gran­des maes­tros. Maicon es un niño de 7 años que llega todos los días a la per­ma­nen­cia en nues­tra casa. Con su ino­cen­cia y sus sim­ples actos de niño nos enseña muchí­simo, sin él darse cuenta. El otro día entró con una gran son­risa, diciendo que está feliz porque ya le pidió perdón al otro niño del que se había bur­lado. Nos sor­pren­di­mos de su ale­gría. Es la ver­da­dera ale­gría de la recon­ci­lia­ción, del pedir perdón y el ser per­do­na­dos. Parece que el pecado no puede con la sim­pleza del cora­zón de estos niños, tan rápi­dos para acoger el amor que se les ofrece.

Hace unos días nació Arthur, que con solo esté hecho nos trajo una ale­gría increí­ble. Tan peque­ñito, tan frágil... Todos los días, a toda hora, este bebé busca y mira a su mamá y con su llanto le grita que res­ponda, que haga algo porque tiene hambre, está sucio, incó­modo, abu­rrido o no sabe qué tiene y no puede hacer nada más que gritar.

Resulta que no solo Arthur nece­sita de alguien que esté siem­pre a su lado, que lo ayude en todo, lo abrace y le sonría; tam­bién mi gran amigo el señor Ernesto que está a cargo de su hija menor des­pués de enviu­dar. Hace más de 30 años está pos­trado en una cama, perdió la visión y solo le quedan las poqui­tas fuer­zas de sus brazos. Pero no les com­parto las con­di­cio­nes tan limi­ta­das en las que vive para que nos que­de­mos tris­tes, sino para que cuando les diga que este señor no para de son­reír, se pueda dar a ver la inten­si­dad con la que sonríe. Este señor vive con tanta ale­gría y con todas sus limi­ta­cio­nes lucha por cuidar el don de la vida. Con el mínimo de quejas espera pacien­te­mente, con con­fianza y ale­gría el momento en que «pueda estar con el Señor eter­na­mente».

Señor Ernesto tiene una per­so­na­li­dad bella, cada vez que lo visi­ta­mos nos cuenta chis­tes, his­to­rias de las miles de expe­rien­cias de cuando tra­ba­jaba trans­por­tando bana­nos. Nos des­cribe con deta­lle cada lugar que cono­ció y nos pre­gunta todo el tiempo sobre los deta­lles de nues­tros países. Le inte­resa saber si algún otro lugar puede superar las belle­zas y la varie­dad de frutas de su amado Brasil. Cuando nos que­re­mos des­pe­dir nos reclama que vaya­mos más seguido, tal vez todos los días, que no lo olvi­de­mos. Si supiera lo difí­cil que es olvi­dar a un señor tan apa­sio­nado como él, que con su cora­zón de niño depende y se alegra, depende y es más libre. Parece que es un regalo que le dieron los años en este camino. Tengo la dicha de tenerlo a él y a todos los niños del barrio cer­quita recor­dán­dome la ale­gría ver­da­dera que surge de este tan anh­e­lado cora­zón simple.

Que­ri­dos padri­nos, fami­lia y amigos deseo que poda­mos tener el cora­zón de Maicon sen­ci­llo para pedir perdón, el grito fuerte de Arthur para pedir auxi­lio y la ale­gría del Señor Ernesto para vivir la rea­li­dad. Mil gra­cias por acom­pa­ñar esta misión.

Un abrazo en Cristo.

Nati


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