• 11 de septiembre de 2014
es

Valparaíso: Don Tito «¡Yo sí tengo familia!»

Empiezo esta carta regre­sando de la casa de Don Tito, uno de nues­tros amigos más que­ri­dos. Bajito, con la cara chu­pada y cubierta de arru­gas, con sus barba y su pelo blan­cos, el último siem­pre escon­dido bajo su inse­pa­ra­ble gorra. A sus 79 años, vive solo en la esquina de un terreno baldío lleno de basura. Tiene ahí una casita, un cuarto se podría decir más bien, con una cama, dos teles que no fun­cio­nan, una cocina vieja que no puede usar y siete gatos. Afuera, un cua­drado de tierra donde prende su foga­tita para coci­nar. Para llegar a este “patio” se pasa por una puerta donde está escrito en negro “Ladro­nes no robar”, pala­bras mayor­mente igno­ra­das por la gente que, a la menor opor­tu­ni­dad, le priva de lo poco que tiene. Es así que ha per­dido varias veces su dinero, su comida, su leña y su bidón de gas, que además, le cuesta casi la mitad de la pen­sión que recibe men­sual­mente. Estas per­so­nas saben muy bien que Don Tito vive solo, que como única segu­ri­dad tiene una plan­cha de metal en la puerta y que le cuesta dema­siado cami­nar como para correr detrás de ellos.

PNG - 64.9 KB

Parece men­tira que haya gente que se apro­ve­che de quien no tiene nada. Su vida podría pare­cer triste e incluso depri­mente, sin embargo es una fuente cons­tante de espe­ranza y ale­gría. Cada vez que nos ve nos recibe con una son­risa. Viene a la casa casi todos los días, y se ríe mucho com­par­tien­do­nos his­to­rias de su juven­tud.

Cuando tene­mos la opor­tu­ni­dad, le ayu­da­mos con leña, comida y ropa, pero él no espera nada mate­rial de noso­tros. “Me gusta venir aquí a la casa de uste­des porque la paso bien, me siento muy bien”, me dijo una noche de la semana pasada, “no me dan nunca ganas de irme”.

Hace muchos esfuer­zos por apren­derse nues­tros nom­bres, además del país de pro­ce­den­cia de cada uno. Tam­bién, una de las cosas que más me gusta, cuando le rega­la­mos ropa, en seguida se la prueba y baja a la casa para mos­trar­nos como le quedó, que está bien ves­tido. Hasta ahora, uno de los momen­tos más her­moso de mi misión fue un día cuando con Inés, mi her­ma­nita polaca, íbamos cami­nando muy can­sa­das. Enton­ces nos encon­tra­mos con Don Tito. Su rostro se ilu­minó al vernos, se acercó, nos abrazó y nos con­versó casi una hora. Antes de sepa­rar­nos nos dijo “¡qué bueno que estén uste­des aquí!, siem­pre que le veo a mi sobrino le digo: ¡yo sí tengo fami­lia, mi fami­lia son los chicos cora­zo­nes de ahí abajo!”.

Raquel F. (Punto Corazón de Valparaíso)

Volver